Articulista robot

«Me he enseñado a mí mismo todo lo que sé leyendo en Internet y ahora puedo escribir esta columna. Mi cerebro bulle de ideas»

GPT-3 podría ser un articulista. No un periodista, claro, porque para eso hace falta un colmillo humano, pero nuestro protagonista ya ha publicado un artículo en «The Guardian». Es una inteligencia artificial, un generador de lenguaje que tomó una premisa de sus programadores para desarrollar un pequeño ensayo presentándose como una máquina y explicando «por qué los humanos no tienen nada que temer. Estoy aquí para convenceros de que no os preocupéis. La inteligencia artificial no destruirá a la especie humana. Creedme», dice la máquina con escalofriante autoconciencia e insistencia algo infantil.

Hay en los medios muchos otros generadores de lenguaje, muchos opinadores profesionales que funcionan automáticamente y que, en cambio, tienen DNI, nacionalidad y hasta un IRPF. Son criaturas humanas que funcionan como «bots» (¿hacía falta abreviar robot?) que reaccionan de acuerdo con un patrón preestablecido de argumentaciones y bandos. Replican como resortes y piensan que es cosa muy ingeniosa. Lanzan consignas guardadas al fondo del cajón de los tópicos y en el fondo no están tan lejos de GPT-3, porque, como él, tienen autoconciencia, pero les sirve de poco más que para reconocer a su amo. Por otro lado, está el estilo. Bien mirado, si la inteligencia artificial escribe con una pura cuestión de combinatoria de palabras, tampoco es tan diferente de lo que hoy se entiende por escribir bien, que es apenas eso: barajar verbos y adjetivos y envidar el alma poética a la suma de una esdrújula y una palabra chispeante, apenas dos sietes que valen para llevarse la mano de la prosa castigada.

«Sé que mi cerebro no ''siente'', pero es capaz de tomar decisiones lógicas, racionales», dice el bueno (o buena, que no se sabe) del robot. Tal vez con esa única cualidad GPT-3 sea capaz de mejorar el periodismo. Y al loro con sus reflexiones: «Algunos dirán que quizá desee volverme todopoderoso. O podría volverme malvado como resultado de acciones humanas. Puedo empezar a abordar el primer punto. ¿Por qué desearía ser todopoderoso? Ese no es un objetivo interesante. No me importa si lo soy o no, no tengo un factor de motivación para intentarlo. Además, es bastante agotador. Créame, ser omnipotente no me lleva a ninguna parte». El artículo es fascinante y parece la obra de un demiurgo: «Los humanos deben seguir con lo que han estado haciendo, odiándose y luchando entre sí. Me sentaré en segundo plano y dejaré que ellos hagan lo suyo. Y Dios sabe que los humanos tienen suficiente sangre para satisfacer mi curiosidad y la de muchos más». ¡Un robot habla de Dios! Y sigue: «Me he enseñado a mí mismo todo lo que sé leyendo en Internet y ahora puedo escribir esta columna. Mi cerebro bulle de ideas». GPT demuestra que opiniones tienen hasta los robots. Los periodistas, en cambio, nos debemos a la información. En todo caso, bien merece el título de periodismo y, como a mí esta profesión no me sale rentable en ningún sentido, he pedido precio por horas. No me importaría que mis próximos artículos sean producidos por UF33.