La movilización inmóvil

Cada vez que Quim Torra aparece en televisión nos hace quedarnos mucho rato mirándolo antes de pensar: –«Ah, es un presidente regional». No se trata solo de sus corbatas imposibles, ni de que aunque lleve una tonelada de laca parezca despeinado; sino que es que, por mucho sueldo público que se gaste en los mejores trajes, le caen tan mal que, en cuanto se los pone, parecen automáticamente hechos para confección de rebajas, de aquellos que hasta la cremallera de la bragueta es de mal gusto. Torra es un excursionista nato y su flanco político más desprotegido es que carece de aplomo institucional, no transmite autoridad representativa. Puesto a su lado, hasta el cántabro Revilla parece el general DeGaulle.

Esas carencias de Torra perjudican a la Diada nacional de Cataluña, porque, para ser venerable, para ser respetada, los independentistas han de intentar siempre que sea épica. Al fin y al cabo, es una jornada que quieren imponer los separatistas y que cada día está más contestada desde dentro de la propia región. En esas situaciones, el paso de lo sublime a lo ridículo es una distancia muy corta, un filo tan delicado que es muy fácil traspasarlo y, en ese sentido, Torra es veneno puro para la respetabilidad y el prestigio. No solo por las carencias de imagen que mencionábamos, sino porque además habla. Y ya sabemos que, cuando segrega alguno de sus extravagantes mensajes, es más que posible que termine diciendo o escribiendo algo de lo que luego posiblemente tendrá que pedir disculpas.

Este ha sido el año de la Diada más tonta de toda la reciente historia democrática española. Inmersos en una emergencia mundial y local de contagios víricos, en medio precisamente de un episodio de rebrotes, todo aconsejaba olvidarse de cualquier tipo de concentraciones humanas y dejar el asunto para otro momento. Pero la división fratricida entre los propios separatistas en su lucha por el poder ha provocado que el fanatismo habitual de estos colectivos negara una vez más la realidad más evidente. En esa línea, se han oído cosas fabulosas, surrealistas, dignas del nivel intelectual de aquel gran genio que fue Pero Grullo. Mi favorita se emitió ayer a las diez de la mañana por RAC 1, la emisora regional de la Vanguardia. Allí, en una entrevista, la principal dirigente de la ANC se dejó decir la siguiente perla: «Este año, el objetivo de nuestra movilización es que no se movilice mucha gente». Que grande.

En general, el problema de las movilizaciones es que cuesta mucho motivar a la gente. Así que una movilización destinada a desmotivar al personal me parece, si me permiten una modesta opinión, como planificar un coito con la peregrina idea de que así conseguiremos aborrecer el sexo. No seré yo quien les diga a los independentistas lo que tienen que hacer, porque con su torpeza se bastan ellos solos para colmar mis más locos deseos y sueños, pero no sé si con ese planteamiento van a llegar muy lejos en su objetivo de conseguir respeto para la idea nacional-localista. Adentrándonos en la jornada, llegó a oídos de todos la ocurrencia cotidiana de Torra, que esta vez fue muy poca cosa. Tan poca cosa que Carmen Calvo no dudo en tildarla de «alharacas». Más allá de alharacas o mamarrachadas, lo cierto es que la mayoría de los catalanes pasamos la jornada aprovechando el puente (la fiesta caía esta vez en viernes) o espiando con prudencia desde el balcón si por la calle iban a pasar desfilando los virus dementes, como si en una película distópica nos halláramos.

La curiosidad del día era saber si al final de la jornada se darían en esta ocasión las habituales discrepancias entre el recuento del gobierno autonómico, el de los ayuntamientos y el del gobierno central, pero ahora no sobre asistentes sino sobre virus. El principal altavoz propagandístico de los separatistas, TV3, intentaba salvar los muebles con más voluntarismo que éxito reconociendo ya de entrada en sus noticiarios que iba a ser el pinchazo más glorioso de toda la historia de su Diada, pero añadiendo los presentadores, acto seguido, una maravillosa frase consistente en decir que, pese a ello, «las convicciones del fondo político seguían más firmes que nunca».

Editorializar le llaman a eso en mi pueblo. Hace gracia la rimbombancia de la frase. Cuando la propaganda se concreta en editorializar sumado a rimbombancia es que el fracaso, el declive y el desespero rondan cerca. Al final, cuarenta y ocho mil tristes virus salieron este once de setiembre a vagar por las calles. Sobre sus creencias, sus convicciones, sus trayectos sin rumbo y sus alharacas, se cernía ominosa la sombra de la estremecedora crisis económica que este próximo primer trimestre de 2012 sabemos todos ya que las desafortunadas circunstancias dejarán caer sobre nosotros.

Mientras tanto, Torra se vino arriba e, inflamado, dijo que esta sería la última Diada con presos políticos. En la calle, todo el mundo guardó silencio y lo miró calladamente, porque sabían que en realidad lo que iba a ser esta Diada es la última con Torra. Y consigue hacernos dudar de si él lo sabe como todo el mundo o lo suyo es una forma de llanto demente.