¿Qué pasa en España?

“Nos cuesta, de nuevo, centrarnos en lo que debería importar ahora, que es salvarnos de un desastre que se siga llevando vidas por delante y que arruine al país durante años”

«No puedo decir qué pasa». El ministro alemán de Sanidad, Jens Spahn, reconocía así hace unos días su incapacidad para entender el preocupante avance de la pandemia en España. O quizás prefería ser discretamente diplomático, para evitar que una respuesta sincera provocara el enfado de un gobierno amigo como el español.

Pero sería justificable la imposibilidad del ministro para entendernos, porque no es sencillo encontrar un único motivo racional para la evidencia de que, de las 17 comunidades españolas, doce estén en la lista de las veinte regiones europeas con peores índices de contagios. Doce de veinte. Y en materia económica, la pandemia solo ha corregido por ampliación nuestra posición habitualmente deficiente. Sea en época de bonanza o en tiempos tempestuosos como los actuales, acostumbramos a estar en la cumbre en datos de déficit, deuda y desempleo.

No se puede reprochar nada al ministro alemán si lo que pretende es analizar el modelo español de actuación política desde la mentalidad dominante en otros países, regida por la búsqueda de la excelencia y la eficacia en la gestión de los asuntos públicos. En España, la gestión eficaz no siempre gana elecciones. En España, la ideología, el choque (a veces, el odio) político es lo que despeja el camino hacia el poder.

Vemos ejemplos de cómo dirigentes políticos se enfrentan al avance del virus con movimientos tácticos pretendidamente ingeniosos, que solo buscan dejar al rival expuesto ante la opinión pública. El ejemplo de Madrid es un paradigma: el gobierno autonómico ha sido utilizado durante meses por el PP como saeta contra la gestión del gobierno central por los calamitosos datos de la primera ola, mientras ese mismo gobierno central utiliza ahora los calamitosos datos de la comunidad en la segunda ola como motivo de escarnio para el PP. El cruce de afrentas ha llenado de titulares las primeras páginas, pero no ha salvado una sola vida, ni ha evitado contagios, ni ha solventado nuestras desdichas económicas.

Un planteamiento menos político y más ejecutivo habría permitido aprovechar la corta tregua de junio y julio para crear (esta vez sí) un comité de expertos que planificara cómo evitar una segunda ola o, en su caso, cómo enfrentarse a ella si evitarla no fuera posible. Y nos cuesta, de nuevo, centrarnos en lo que debería importar ahora, que es salvarnos de un desastre que se siga llevando vidas por delante y que arruine al país durante años, dejando una pena insoportable y una deuda impagable para varias generaciones de españoles. Pero no es ese, todavía, el único debate nacional, como debiera.

El marco de discusión establecido por una parte de la corriente dominante ordena que se considere intolerable que la oposición haya pretendido «derribar al Gobierno aprovechando la pandemia». Sin embargo, el marco de discusión establecido por la otra parte coaligada de esa corriente dominante (sin que la primera parte tense un solo músculo de la cara) nos anima a aprovechar «el momento de crisis de la Monarquía», porque «avanzar hacia el horizonte republicano tiene que ser fundamental para Podemos». Conclusión: no es el momento de atosigar al Gobierno, pero cualquier momento es bueno para importunar al jefe del Estado y cuestionar la Monarquía parlamentaria. Entretanto, la oposición sigue buscando su discurso. Sin éxito alguno.

Con la conversación nacional dispersa por esos laberintos, es natural que el ministro alemán no entienda nada.