La guerra en Alemania contra los jardines de grava

En varios municipios alemanes, de momento, es una opción voluntaria y una recomendación que se fomenta desde los ayuntamientos

En una serie de nuestra infancia, «Manos a la obra», los protagonistas, Manolo y Benito, reivindicaban ser los inventores del gotelé. Se peleaban entre ellos, pues ambos decían ser, orgullosos, los artífices de tan ilustre elemento decorativo. Estos episodios sobre reformas integrales y las discusiones protogotelianas hacían imposible no acudir a una casa y tocar las paredes. De familiares, vecinos o amigos. Daba igual. El tacto era inconfundible.

El gotelé fue una plaga de los años 90. Prácticamente todos los hogares españoles estaban recubiertos de este arte decorativo y era lógico preguntarse quién fue la primera persona que decidió que las paredes quedaban mejor rugosas.

Otra moda decorativa, que cada vez se ve más en los jardines nacionales, es recurrir a las piedras, casi siempre en tonalidad blanca, en lugar de a plantas, árboles o hierba. Una solución lógica para aquellos que intentaron ver crecer un césped verde y copioso. Pero que a pesar de la elevada factura de agua, lo que finalmente surgió a su alrededor fue un páramo de hierbajos, calvas y tonos amarillos. Pues bien, aviso para navegantes, en Alemania se está librando una cruzada nacional contra los jardines de grava.

En varios municipios alemanes, de momento, es una opción voluntaria y una recomendación que se fomenta desde los ayuntamientos: se debe apostar por el verde y no abusar del uso de piedras decorativas. Si ven que no surte efecto la vía optativa, en ciudades como Donaueschingen lo harán obligatorio. Incluso crearán normativas para el desmantelamiento de los jardines de grava. Pero es que ya en la región de Baden-Wurtemberg, al sur de Alemania, existe una Ley Estatal de Conservación de la Naturaleza que prohíbe la creación de nuevos jardines de grava. Asimismo, ordena que los existentes, si se crearon después de 1995, también deben ser ecológicos. La medida ha generado un enorme debate público, sobre todo porque el Gobierno mete baza en las libertades individuales y decorativas de los alemanes, opina dentro de los límites de la propiedad privada, en sus hogares.

El ministro de Medioambiente de Baden-Wurtemberg, el ecologista Franz Untersteller, reconoce que serán los tribunales los que decidirán si los amantes de los cantos pulidos deberán retirarlos y plantar en su lugar flores o césped. Al preguntarle esta semana en «Der Spiegel», qué tiene contra la grava, Untersteller contestó que, en resumen, «las abejas no comen piedras».

Para el ecologista, no podemos quejarnos de la muerte de los insectos y sólo responsabilizar a los agricultores. Y es que la lucha por salvar a las abejas «comienza en el ámbito privado, por ejemplo, cuando no se utilizan pesticidas».

Ya sea por estética o por sostenibilidad, en Alemania ya están revisando el paisajismo.