La neutralidad de Felipe VI

No es tiempo para frivolidades, radicalismos y exabruptos, sino para la colaboración institucional en todos los ámbitos

La crispación y el frentismo se han instalado, desgraciadamente, en la política española. No recuerdo una época más tensa y dura en los años que llevó como periodista. Desde la Transición, que tuvo momentos de gran enfrentamiento, hasta nuestros días se habían preservado espacios donde existía una cierta tranquilidad y, sobre todo, no se había extendido a la mayor parte de la sociedad. Al igual que sucedió durante el confinamiento, las redes sociales, los móviles y la rumorología están que arden. Cualquier acontecimiento hace saltar chispas y ahora el incendio afecta a la figura del jefe del Estado. Desde que Felipe VI asumió la Corona se ha podido constatar, como no podía ser menos, el escrupuloso cumplimiento de su papel constitucional. Ha sido una neutralidad ejemplar. Es algo que no nos debería sorprender, pero parece que nada se va a dejar al margen de esta desmedida e ilegítima lucha partidista. Por ello, los ataques que recibió ayer desde Podemos son un absoluto despropósito. Es absurdo que Pablo Iglesias le pida respeto institucional, porque es lo que ha hecho siempre. En cualquier caso, es lo que sí se puede y se debe pedir a los socios de Pedro Sánchez con respecto a la Corona.

Esta situación tan insólita e injusta se comprueba con el ataque de Alberto Garzón contra el Rey, con la excusa de que transmitió a Lesmes, en una conversación telefónica, que le hubiera gustado acompañarle en el acto de entrega de despachos a los nuevos jueces. No entiendo dónde está el problema. No se ha saltado la neutralidad política como escribió rápidamente Iglesias en un tuit. Una cuestión de estricta cortesía institucional hace que diga estas palabras que no tienen ningún componente político. A lo mejor Iglesias y los dirigentes de Podemos hubieran preferido que hablara del tiempo. Lo normal y razonable es lo que dijo. No sería malo que superaran el activismo asambleario de los tiempos universitarios o del 15-M. Ahora forman parte de un gobierno que tiene que gestionar la mayor crisis sanitaria y económica desde la posguerra. No es tiempo para frivolidades, radicalismos y exabruptos, sino para la colaboración institucional en todos los ámbitos. Los grandes políticos se muestran en los tiempos difíciles. ¿Es bueno criticar sin fundamento a la jefatura del Estado? ¿Es positivo agitar las calles contra la presidenta Ayuso? ¿Es útil el enfrentamiento entre los gobiernos de España y de Madrid? ¿Alguien tiene una fórmula mágica para sacarnos de la crisis?