La sordera de los políticos

La culpa, que esto vaya por delante, siempre es del otro

Los políticos hablan pero no se entienden. Lo que resulta desconcertante y alienta cierta sensación de asombro. Una de las premisas de su oficio consiste en dialogar, pero cuanto más lo hacen, menos se aclaran, en una virtuosa paradoja que podría remitirse al Libro Guinness de los Récords. En España vivimos en una perpetua sordera ideológica. Una conversación muda que viene perpetuándose desde hace ya varios años. Hemos convertido el elogiado marco de convivencia en un marco de desencuentro. Al paso que se avanza esto, vamos a tener que contratar intérpretes. Puede que en el futuro este sea un nuevo cargo que conviva en el ecosistema de los partidos, junto a ese derramamiento de asesores que viven adosados a ellos.

Lo mejor es que todos han normalizado esta falta de entendimiento, aunque no tenga nada de normal, como si fuera consustancial a la política. Aquí todos reclaman delante de las cámaras entendimiento y buenas intenciones, incluso son capaces de jurar sobre los santos, su predisposición y buena voluntad, pero en cuanto llega el turno para demostrarlo dan el bastonazo y se salen con trucos de trilero para continuar encerrados en el casticismo del credo propio. Y, por supuesto, culpar al otro. Porque la culpa, que esto vaya por delante, siempre es del otro. Y si además ése habla con un tercero, la culpa es doble y además ofrece un retrato bien proporcionado de su naturaleza pérfida y traicionera. Desde hace varias calendas se ha asumido que si hablas conmigo no puedes reunirte con el de enfrente y si te juntas con ése, no puedes arrimarte al de más allá y, como se te ocurra hacerlo, no salen los presupuestos. Y si se hunde el país, la culpa es tuya y no del que tienes enfrente o del de más allá. A veces creo que en el patio del colegio nos lo montábamos mejor.

Esto de la Comunidad Autónoma de Madrid y el Gobierno es sintomático y nos da el pulso de una política esclerósica y dura de oído. Al principio la queja era que el Gobierno era intervencionista y cuando dejó de intervenir, que por qué no intervenía y ahora que se ha prestado a solucionar el tema, pues voy, me saco la foto contigo, y luego hago lo que me sale de los sotanillos, tiro por mi lado y que te den. Mientras, el ciudadano, perplejo y sentado en casa. Después al personal le da por prender los cubos de basura. Entonces los políticos, que van a su rollo y han perdido el contacto con bastantes realidades, dirán con perplejidad que qué ha ocurrido, que por qué la gente se pone así y no sé qué otras vainas. Y ya puede ir cualquiera a explicárselo con su mejor voluntad que va a dar igual. Entre otros motivos, porque no se escuchan ni entre ellos.