Negligentes y metepatas
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No es de recibo que España, tan golpeada en primavera por la pandemia, vuelva a tropezar en la misma piedra cuando el virus contraataca. Y, también sobraba en toda esta alocada carrera de la ineficacia, un encargado de emergencias sanitarias, el cuestionado «showman» Fernando Simón, dilapidando aún más la credibilidad de los responsables, en un momento muy angustioso, con bromas machistas sobre un colectivo tan machacado como el de las enfermeras. Llueve sobre mojado. A su inutilidad, demostrada por meses, hay que añadir la inoportunidad. El «personaje» mediático ha crecido tanto que ha devorado a Simón.

El ministro de Sanidad, Salvador Illa, insiste por ahora en que no habrá confinamientos domiciliarios. Habla de dar tiempo a las medidas desplegadas por las Comunidades Autónomas. La «cogobernanza» es el burladero donde desea librarse de sus reiteradas negligencias. A la espera de tal evaluación y, en definitiva, de una orden de Pedro Sánchez, el Gobierno sólo aspira, en medio del descontrol, a venderse como «siempre dispuesto» para actuar. ¿Cuándo? No se sabe. Eso sí, no antes de mediados de mes.

Mientras, los contagios están desbocados y la presión hospitalaria crece. La vuelta al «arresto domiciliario» constituiría un golpe letal para unos españoles exhaustos. Por no hablar de que remataría la economía. Pondría en evidencia la pésima labor de los políticos, que han perdido casi un año. Un fracaso sin paliativos. Mientras, Sánchez está en retirada. Contemplamos a un presidente incapaz de liderar al país ante un drama.

El presidente se ha revelado como un mandatario que no ha sabido estar a la altura. Es un mal dirigente en el peor momento. A la vista está la ventaja que nos sacan países de nuestro entorno. Líderes como Emmanuel Macron, Ángela Merkel o Giuseppe Conte vienen dirigiéndose a sus poblaciones con discursos duros y directos. Mensajes dirigidos a personas adultas que describen la realidad. Son mandatarios capaces de insuflar el sentimiento de que, juntos, resultan más fuertes y podrán hacer frente al desafío. Algo más necesario que nunca para combatir la crisis sanitaria.Sánchez, en cambio, tras verle las orejas al lobo, ha decidido darse a la fuga. Primero, situando a Illa en la sala de máquinas. «Este marrón –textual– es suyo», se escucha desde los despachos de La Moncloa. También se despejan balones hacia las autonomías. El interés particular del mandatario socialista prima sobre el general. Sánchez ha decidido aferrarse a una actitud puramente defensiva de control de daños. Los suyos. No desea que esta pandemia se lo lleve políticamente por delante. Esto es lo prioritario para él y su equipo.

El entorno presidencial, tan recargado de estrategas, sirve ahora en bandeja a la desconcertada sociedad española el mismo guión utilizado para decretar el estado de alarma. Esto es, que una mayoría de autonomías «implore» más restricciones. Se trataría, así es, de un intento de anular críticas futuras al presidente. Mutualizar las culpas, cuando no descargarlas sobre otros. Máxime cuando los analistas monclovitas detectan preocupantes signos de cansancio social. Y no es para menos. Los confinamientos, si han de llegar, requerirían cambiar la alarma vigente por seis meses, que intencionadamente evitó ese escenario. Lo más probable es que otro real decreto ley deba sustituir el anterior. Un calvario. Máxime cuando ya deberíamos estar escarmentados después de lo ocurrido en marzo. El Gobierno no acierta ni cuando rectifica. En cualquier caso, el lío político-jurídico está servido. En suma: un caos. El de un presidente atrincherado en su palacio presidencial, del que sólo sale para actos propagandísticos, más preocupado por su imagen que por la crisis sanitaria y económica que nos consume.