La Cruz en el vertedero

La cruz de Aguilar durante su retirada
La cruz de Aguilar durante su retiradaDIÓCESIS DE CÓRDOBA/MARGARITA LUCENA DIÓCESIS DE CÓRDOBA/MARGARITA LU

El suceso producido en el municipio cordobés de Aguilar de la Frontera gobernado por una alcaldesa comunista, no puede quedar como uno más de los desagradables episodios que nos depara la vida. Que una Cruz sea derribada «en aplicación de la Ley de Memoria Histórica», por ser «un símbolo franquista erigido por sus caídos en la Guerra Civil», y literalmente arrojada al vertedero a la vista de los ciudadanos, es una imagen que hiere toda sensibilidad humana, creyente o no. Que Podemos Andalucía felicite a su edil por esa acción, indica dónde hemos llegado.

Al parecer, la tolerancia y el respeto no son aplicables a los cristianos católicos, pues deben poner la otra mejilla cuando, como ahora, les han abofeteado en lo más profundo de sus sentimientos. No se trata de aludir al socorrido argumento –por lo demás, tan cierto– de que no se atreverían a hacer lo mismo con un símbolo musulmán, judío o budista, sino de alertar de las políticas que alienta el tándem gobernante y de sus consecuencias.

El ensañamiento de arrojar la Cruz a un vertedero es un atentado a los principios que deben regir una convivencia digna y respetuosa con el diferente. España es un Estado aconfesional –no laico– y la absoluta mayoría de españoles se declara católica. Estos émulos de los talibanes son unos pobres diablillos desgraciados que odian la Cruz. Si retirarla no es delito de ofensa contra los sentimientos religiosos, sí lo es cuando menos el ultraje posterior, que no puede quedar impune.