8-M

Una monja para el 8-M

«Le hicieron quemar varias veces sus textos bajo la premisa de que las mujeres no debían de escribir» Iglesia»

Hace unos días la escritora británica Kate Mosse me propuso que participara en un sondeo internacional para rescatar del olvido a mujeres que, pese a los siglos transcurridos desde la época en la que vivieron, siguieran siendo inspiradoras en nuestros días. Kate tenía en mente que hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer y que ese iba a ser un buen momento para hacer pública su lista. Conozco bien la obra de Kate. Todas sus novelas orbitan alrededor de mujeres anónimas –muchas de ellas del sur de Francia medieval– que sacaron adelante familias y reinos en una sociedad condicionada por una Iglesia que llevaba siglos arrinconándolas y en la que solo la ausencia de hombres embarcados en las cruzadas las dejó brillar de un modo efímero alrededor de los siglos XII y XIV.

Tras algunas vueltas en busca de una candidata para Kate, caí en la cuenta de que la tenía muy cerca. Sobre mi escritorio vuelan desde hace meses libros y notas de una mujer con la que tengo un vínculo muy especial. Tropecé con ella hace casi treinta años durante un accidentado viaje entre La Rioja y Soria. Entonces nunca hubiera supuesto que la figura de una monja de clausura contemporánea a Velázquez llegaría a fascinarme tanto. No solo vivió encerrada de por vida entre los muros de su convento anhelando una libertad imposible, sino que fue autora de miles de páginas capaces de rivalizar en belleza con los escritos de Teresa de Ávila. También fue la protagonista involuntaria de fenómenos místicos desconcertantes. A ella se le atribuyó, por ejemplo, la evangelización de Nuevo México, Arizona y Texas sin salir jamás de su convento. Lo hizo gracias al don de la bilocación. Juró ante el Santo Oficio que la Virgen en persona le había dictado su vida ofreciéndole detalles dramáticos sobre –por ejemplo– sus visitas a bordo de «nubes refulgentísimas» a la península Ibérica para aparecerse al apóstol Santiago. E incluso intercambió más de trescientas cartas con el rey Felipe IV, condicionando algunas de sus decisiones políticas. Su escasa fama la convertía, pues, en perfecta para la lista de Kate.

Sor María de Jesús de Ágreda (1602-1665) no tuvo una vida fácil. Su familia era la «rara» del pueblo. Su inteligencia siempre despertó suspicacias. Sus confesores le hicieron quemar varias veces sus textos bajo la premisa de que las mujeres «no debían de escribir» en la Iglesia (sic). E incluso la procesaron por defender la Inmaculada Concepción de la Virgen dos siglos antes de que ese concepto arraigara en Roma.

A principios de los noventa la investigación de sus bilocaciones me llevó a descubrir un memorial impreso en 1630 por orden del rey en el que se refería la sorpresa de la Orden Franciscana ante la docilidad de las tribus nativas de Nuevo México frente a la fe cristiana. Según ellos, una misteriosa «dama azul» –que más tarde identificaron con sor María– se les había aparecido no-se-sabe-cómo y les había allanado el terreno para que los bautizaran. Impresionado, escribí una novela reconstruyendo esos hechos, pero una vez publicada seguí tropezándome con ella una y otra vez. Hasta hoy.

Si mi mesa vuelve a estar ocupada ahora por sor María es por culpa del Año Jacobeo. Se da la circunstancia de que ella es también una de las mayores responsables de que el Camino de Santiago siga vivo. En su cuestionada biografía de la Virgen refirió con detalle las peripecias del apóstol Santiago desde que embarcó en Jaffa en agosto del año 35 hasta su desembarco en Cartagena para traernos las primeras noticias de Jesús. Por supuesto, el Nuevo Testamento no recoge esa información. Es en los capítulos finales de su Mística Ciudad de Dios (1670) donde la monja revela cómo la Virgen se apareció dos veces a Santiago en España. La visión de Zaragoza –la que todo el mundo conoce gracias a la basílica del Pilar y a la piedra que allí besan los fieles creyendo que María de Nazaret posó sus pies sobre ella mientras se presentaba «en alma y cuerpo mortal» al apóstol– se adorna con detalles insólitos. Aunque no son nada si se los compara con la desconocida bilocación de la Virgen a Granada. Sí. Según sor María, Santiago recaló antes en la ciudad del Genil donde consiguió un gran número de conversos a la fe en Cristo. Su éxito, sin embargo, levantó la ira de la comunidad judía. Temiendo que los granadinos pudieran recriminarles la muerte de Jesús, los rabinos de la ciudad se apresuraron en sacarlo de sus calles para ajusticiarlo. Sor María describe en términos explícitos la llegada de la Virgen en su rescate. Lo hizo abordo de otro «trono formado por una hermosa nube» parecido a los que ella misma vio durante sus bilocaciones a Nuevo México. Sus angélicos ocupantes, tras aturdir a los verdugos, liberaron al apóstol y a sus seguidores para enviarlos a recorrer Astorga, Logroño o Tudela en una especie de «protopregrinaje» que concluiría en Zaragoza.

Lo fácil, claro, es atribuir una gran imaginación a sor María. Solo por ello ya merecería ser recordada. Lo incómodo, en cambio, es reconocer que esas visiones ayudaron a cimentar la actual fama del Camino o a predicar el cristianismo en América. Y aunque parezca imposible, pese al poco reconocimiento que se le brinda, ha logrado que el estado de Nuevo México y Ágreda –su pueblo natal en Soria– sean hoy tierras hermanadas.

A Kate Mosse le ha encantado mi propuesta. No sé si por presentarle a una mujer a la que ni obligándola a quemar sus escritos dejó jamás de escribir, o porque lleva años siendo mi secreta inspiración. Se lo preguntaré la próxima vez que la vea.