Una travesía por España sin salvoconducto

Ajeno a la tercera ola, ya está poniendo a punto el motor a la espera de su siguiente travesía.

La vida de capitán de navío, es la vida mejor
La vida de capitán de navío, es la vida mejor

Después de periodista, la profesión más romántica es la de capitán de navío. Al frente de un precioso velero atracado en el puerto de Arrecife, en Lanzarote, se encuentra el capitán Charles. Con tatuajes de anclas y brújulas, este joven británico lleva residiendo en un histórico Nautor Swan durante años. Debido a la pandemia de coronavirus, el dueño del yate, que no vive en las islas Canarias sino en las británicas, no puede salir a alta mar tanto como le gustaría. Sin embargo, Charles tiene el barco siempre listo y cuidado hasta el más mínimo detalle. El capitán de piel curtida es conocedor de las principales supersticiones naúticas, rememora a los piratas más famosos de la historia y cree firmemente que el coronel William Bligh (interpretado por Anthony Hopkins en la película de 1984 «Motín a bordo») es un héroe, mientras que el segundo de a bordo, Fletcher Christian, (Mel Gibson en el mismo film) es un traidor por mucho que se le hable de su odisea hasta las islas Pitcairn y que aún hoy los pobladores de ese remoto lugar sean descendientes de los amotinados de «The Bounty», como se llamaba la malograda fragata de la armada británica. La última travesía que ha realizado el capitán Charles no la ha hecho en su navío. Conoció a un joven mitad francés mitad español en el puerto, vecino de amarre, y se hicieron amigos. El francoespañol debía volver a la Península en el barco y Charles decidió acompañarle. Partieron desde Arrecife y estuvieron navegando cinco días. Durante el trayecto, cientos de tortugas migrando hacia el sur y decenas de delfines al ralentí de las burbujas de la embarcación. Finalmente, después de avistar tierra arribaron a Málaga. Al llegar nadie –en pleno estado de alarma y cierre perimetral entre comunidades autónomas para contener la covid-19 en España– ninguna autoridad, les pidió una PCR ni demandó el motivo de su viaje. Tampoco un salvoconducto, que por supuesto carecían de él. Salieron por Málaga y disfrutaron de un día de tapas y puestas de sol en terrazas. Después, el capitán cogió un avión hasta Madrid. A su favor diré que él aún no sabe mucho español como para estar al tanto de todas las restricciones –y tan cambiantes– que existen en nuestro país. Ni en Málaga ni a su llegada Barajas le demandaron un test negativo de coronavirus, nadie le preguntó por la causa de su viaje. Tampoco enseñó un salvoconducto. En Madrid cogió otro vuelo hasta Lanzarote, donde ocurrió algo similar. Ni en el punto de partida ni al aterrizar en la volcánica isla canaria fue preguntado por ninguno de estos documentos pandémicos. Al informarle de todas las imposiciones que reinan en España el capitán no da crédito. Ajeno a la tercera ola, ya está poniendo a punto el motor a la espera de su siguiente travesía.