A medirnos las faldas

Daniel Ochoa de Olza

Dijo Pablo Iglesias que no se sentía cómodo con que la tauromaquia fuera considerada cultura, porque Iglesias confunde la cultura con un sofá. Ahora llega a la campaña del 4-M a prometer el fin de las subvenciones a la tauromaquia, que encuadra su voluntad de terminar con los toros. En España se ha extendido un mito curioso por el que todo son subvenciones a los toros y que considera que si la Comunidad de Madrid programa 20 festejos taurinos, supone una subvención, pero si un pueblo cierra siete actuaciones de una orquesta para la verbena de sus fiestas, no cuenta como subvención a la música. Tampoco los fuegos artificiales son una subvención a la industria de la pirotecnia, de momento. El toro, sí.

Entre las cosas asombrosas a las que hemos de asistir como sociedad está el ver a la extrema izquierda española pidiendo menos gasto público en cultura en virtud de la urgencia financiera. Vienen a decir que la tauromaquia no es cultura porque de nuevo asistimos a cómo algunos poderes públicos se arrogan el derecho de decidir entre lo que es cultura y lo que no. Vienen armados con un rotulador rojo a pintar de nuevo la raya entre lo que es decente y lo que no, y se entregan a este impulso moralizador en una nueva censura que Iglesias pretende comenzar a ejercer desde el presupuesto. Propone y desea que se den ayudas y gasto público a lo que Iglesias considera cómodo, decente y lo que es de su gusto.

Resulta inaudito asistir a este empeño del gobernante por decidir de nuevo lo que se puede ver y lo que no. Es recurrente el intento de reducir la cuestión al sadismo intolerable de los aficionados a los toros, aunque si los aficionados fueran sádicos, ya habrían instalado gradas en los mataderos para ver morir los animales que come Iglesias. Quizás el debate trate de si se teme que el ciudadano pueda adentrarse en un universo cultural en el que pueda sentir ciertas cosas, no sabemos muy bien cuáles. En ese caso, más que a la tauromaquia en particular, lo que se amenaza es a la libertad en general. Se pregunta uno si después de negar ver los toros no pretenden que se niegue ver, leer o escuchar otras cosas. Si no vienen de nuevo a poner rombos y a medirnos las faldas.

En nombre de la pluralidad, Podemos ha abandonado tristemente a sus votantes aficionados de izquierdas. Una de las razones que explica el insulto a parte de sus bases naturales es que los partidos pretendidamente ecologistas como el suyo hayan abrazado los postulados animalistas. Llegan empujados por las urgencias electorales de cada cuál y las tendencias de moda hacia este tipo de religiones laicas y, en general, hacia las posiciones identitarias. El animalismo, que no significa querer mucho a los animales, está sustentado y engrasado con miles de millones de dólares al año de la millonaria industria de la carne de laboratorio y así difunde la creencia de que el ser humano tiene el mismo derecho a la vida que el animal. El debate sobre si los toros merecen vivir se ampliará más tarde a si tienen derecho a vivir los 700 millones de animales que se sacrifican al año para consumo humano en España.

El torero y el toro solo significan una meta volante en una carrera que pretende terminar con San Isidro, pero también con Madrid Fusión, con las carnicerías, las ganaderías, las lecherías y las explotaciones donde las gallinas son violadas (sic.) por los gallos. Primero preguntarán al toro si quiere estar en la plaza, después al pollo si quiere estar en el plato y, por último, preguntarán a los perros si quieren vivir en un piso. Hasta entonces, tendremos que preguntar a Iglesias lo que se puede ver y lo que no.