A las valientes niñas afganas

En 2018 se registraron 192 ataques contra colegios y 1.000 centros educativos cerraron sus puertas debido a la inseguridad.

Unas niñas afganas estudian en su colegio de Nangarhar
Unas niñas afganas estudian en su colegio de NangarharGHULAMULLAH HABIBIEFE

Este fin de semana, mientras algunas de las tropas internacionales hacían los petates de vuelta a casa, una deflagración hacía estallar los cristales de las ventanas de la escuela Sayed Al Shuhada de la capital de Afganistán. Primero fue un coche bomba, después, otros dos artefactos explosivos más. El resultado fue una auténtica carnicería: 85 muertos y más de 147 heridos, víctimas del terror más miserable. La mayoría de los cadáveres son de las niñas, las alumnas de esta escuela. Algunos padres aún no han encontrado a sus hijas, lo que lleva a pensar que la detonación ocurrió demasiado cerca de las pequeñas. Ni los talibanes ni el Estado Islámico han reivindicado aún este atroz ataque. Desgraciadamente, la violencia contra las mujeres, contra las niñas, y contra la educación no es nueva en Afganistán. En 2018 se registraron 192 ataques contra colegios y 1.000 centros educativos cerraron sus puertas debido a la inseguridad.

El problema es que a la enraizada sociedad patriarcal afgana se une el lógico miedo de los padres a que sus hijas se eduquen. Un terror provocado por los grupos yihadistas que campan a sus anchas en el enquistado avispero afgano. Tras tres décadas de conflicto y violencia, de los 13 millones de niños en edad escolar, sólo 9 millones asisten al colegio. Y de éstos, apenas el 39% son niñas. Estos cálculos son optimistas. Desde Human Rights Watch (HRW), agregan que hay que tomar estas cifras gubernamentales con pinzas, pues el Gobierno afgano mantiene en la cuenta a todo hijo de vecino hasta que haya dejado de atender a clase durante tres o cuatro años.

Asimismo, en Afganistán está perfectamente establecido que, en aquellas familias sin hijos, se escoja a una de las niñas para que se comporten como varones. Se les cambia el nombre por uno masculino, se les corta el pelo y se les compra ropa de chico. Un fenómeno conocido como «bacha posh», que permite a las niñas ir a la escuela con más tranquilidad o jugar en las calles. Pero esta antigua costumbre no siempre se sigue por la liberación de la mujer (aunque finalmente pueda serlo). En muchas familias no tener un varón es una tragedia social y económica. Por ello, de cara a la galería se elige a un miembro de la prole para que haga las veces de hombre y así evitar la deshonra. Sin embargo, algunas, viendo las «comodidades» que supone que todo el mundo crea que son niños, deciden mantener su identidad masculina. Pueden librarse, entre otras cosas, de que las casen con un señor mayor, un primo segundo o un perfecto desconocido. Según cifras de Unicef, el 17% de las menores afganas se casa antes de cumplir los 15 años.

Nacer niña en Afganistán es una ardua tarea a la que se añade el riesgo real de morir por querer educarse. Y esto ocurre en 2021. Descansen en paz esas pequeñas valientes.