El fracaso y frustración del manipulado 15-M
Algunos de los indignados ahora tienen escolta, coche y despacho oficial
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El balance de los diez años del 15-M permite afirmar que fue un fracaso como proyecto político, una frustración para los “indignados” y un gran éxito personal para algunos. No asaltaron el Palacio de Invierno, sino que mejoraron su cuenta corriente. Actualmente sigo pensando lo mismo que entonces expresé sobre que se trataba de un movimiento que afectaba estrictamente a la izquierda en el contexto de una grave crisis económica que estuvo a punto de provocar una debacle. No se trataba de algo transversal que afectara a todos los partidos, sino que perjudicó al PSOE e impulsó la creación de Podemos. El PP obtuvo ese año una mayoría absoluta contundente con un rival desorientado y en declive. A los populares les pasaría factura la corrupción, expresada con el escándalo Gürtel y la incapacidad de gestionarlo, así como el incumplimiento de los compromisos electorales y el abandono de la ideología en favor de la tecnocracia más fría y mecánica. Los militantes y votantes perdieron el orgullo de ser o votar al PP y optaron por migrar a Ciudadanos o, más recientemente, a Vox.

Un ejemplo de esa asepsia tecnocrática fue no revertir las medidas ideológicas y de adoctrinamiento social características de la izquierda como había sido la ley de la Memoria Histórica. Con una miopía sin límites se optó por no dotarla de presupuesto. En cierta ocasión, hablando con un presidente socialista me replicó que cuando llegaba la derecha no modificaba o derogaba las leyes que ellos aprobaban. Esa cobardía y complejo ideológico acabó por pasar factura en las urnas. La irrupción de Ayuso, con una victoria demoledora frente a una izquierda desorientada y en declive, ha permitido que los votantes populares recuperen el orgullo. Hace tiempo que esperaban un centro derecha con las ideas claras, el lenguaje directo y sin complejos que tiene la presidenta madrileña. El recuerdo de este aniversario pone de manifiesto que Podemos, el vehículo político de la izquierda radical y antisistema, ha entrado en un declive que parece irreversible y que le llevará a la irrelevancia política como sucedía con IU. Podemos lo tuvo todo a su favor, incluida la simpatía de los periodistas de izquierdas, que son una gran mayoría, que se sentían identificados con su mensaje rupturista en una España golpeada por una crisis que les había afectado mucho.

No se puede quitar mérito, sería un error, al acierto de Iglesias y los que le acompañaron en la fundación de Podemos porque identificaron los problemas, estructuraron unos mensajes, manejaron las redes sociales y se hicieron imprescindibles en los medios de comunicación. Eran jóvenes que mostraban una gran ilusión y un carácter combativo que no tenían los dirigentes de IU, que eran excesivamente institucionales y se habían adaptado al sistema. Uno me comentó que habían dado el salto a la política activa porque la crisis había cercenado sus carreras universitarias. El denominador común de una buena parte de los que luego serían ministros, diputados, eurodiputados o concejales era la precariedad. Eran interinos, asociados o vivían del activismo en asociaciones comunistas, anticapitalistas o anarquistas.

Eran inexpertos profesionalmente y sus currículos, algunos característicos de su condición de vástagos de familias acomodadas, no hacían suponer que llegarían a subir tan alto en tan poco tiempo gracias al ascensor social de la política. No hay duda de que económicamente les sentó muy bien el éxito. Era el mismo comunismo, anticapitalismo o anarquismo de siempre modernizado con el populismo bolivariano que tan bien conocían gracias a su colaboración con el régimen autoritario de Hugo Chávez y su sucesor. Habían sido tratados muy bien en Venezuela con la excusa de su participación en proyectos universitarios. La importancia del 15-M como fenómeno mediático, que superó nuestras fronteras, fue el impulso, junto a su presencia en los medios de comunicación y las redes sociales, que les condujo a convertirse en protagonistas de la vida pública. El talón de Aquiles era la dispersión ideológica, las guerras cainitas, la falta de preparación y la desorganización. Las luchas internas no tardaron en llegar y el balance de su presencia en el gobierno, las autonomías y municipios es muy pobre, con la excepción, que no son de esta formación, de Compromís en la Comunidad Valenciana y Ada Colau en Cataluña y especialmente en su capital. Hasta el caso de Carmena en la alcaldía de Madrid fue efímero y el centro derecha pudo recuperarla.

Podemos no tardó en convertirse en una máquina de colocación de amigos y compañeros que no eran capaces de concretar sus grandilocuentes proyectos revolucionarios y soflamas radicales en resultados que justificaran el ruido que habían armado. De criticar a la casta habían pasado a serlo y de denostar el sistema se convirtieron en su muleta desde la izquierda. La humillante derrota de Iglesias en las pasadas elecciones pone de manifiesto que ha perdido el favor entre los votantes de la izquierda radical. Su capacidad de movilización fue tan irrelevante como su proyecto político. Las bases del 15-M no han conseguido nada y las mejoras fueron consecuencia de la recuperación económica liderada por el PP. La vida continuó, mejor o peor, e incluso los compromisos sobre sueldos y privilegios adquiridos por Iglesias y los suyos acabaron en la papelera de la historia.

La agencia de colocación es el gran resultado visible e incuestionable del 15-M. No estoy de acuerdo con considerar que hay un antes y un después en la política española o que fue un terremoto, porque caminamos otra vez hacía el bipartidismo imperfecto surgido en la Transición y que tan positivo ha sido para el crecimiento económico, social y cultural de nuestro país. Algunos de los indignados ahora tienen escolta, coche y despacho oficial. No son una juventud sin futuro, sino con un presente que nunca soñaron. La democracia sigue siento tan real como entonces y la ilusión de cambio ha dado paso a la decepción y la frustración.