Picasso: vivo o muerto

Los niñatos que quieren cancelarlo creen que con el artista priápico hundirán el heteropatriarcado

Protesta en el Museo Picasso de Barcelona
Protesta en el Museo Picasso de BarcelonaInstagram/María LLopis

Para llegar a gran inquisidor debes ensuciar muchos nombres. El último rehén de los bárbaros, retenes de la contrarrevolución, se llama Pablo Picasso. Está en busca y captura desde Montparnasse a Salem. Lo acusan de machista y maltratador los mismos que piden soga para Richard Dawkins por defender la biología, a Ayaan Hirsi Ali por llevar la contraria a los fanáticos de la sharia, a Michael Jackson por menorero y a Bukowski por borracho. Quieren empitonar al genio de la luz, que puso a bailar al minotauro con las ninfas y a los arlequines con lo que queda de España. Como le dijo a un amigo, «Dios es realmente otro artista... Como yo... Yo soy Dios, yo soy Dios, yo soy Dios...». Lo recordaba John Richardson, su mejor biógrafo, en ‘Picasso, The triumphant years, 1917-1932’, la tercera parte de su ciclo biográfico. Me pregunto qué diría Richardson ahora que un grupo de estudiantes, comandadas por la artista María Llopis, denuncia en Barcelona «la falta de conciencia política por parte del museo con el hecho de que Picasso fuera un maltratador». En sus camisetas, “Picasso es Antonio David Flores” y “Picasso Barba Azul”. Vale que trató de forma miserable a Dora Maar y que su misoginia no tiene un pase. Pero estamos a cinco minutos de pedir que rocíen con napalm el Prado y que desmonten pieza a pieza las pirámides de Guiza. En su casón del Soho, que fue refugio de poetas desnudos, escultores locos, folkloristas y yonquis, y donde ahora no encuentras una plaza de garaje por menos de medio millón de dólares, el viejo Richardson repasaba el anecdotario del tipo que puso el siglo en llamas. Fue un canalla y un corsario. Iba cocido de ego. Dispensó un tratamiento áspero a sus amantes. Se pasó por la piedra a toda la que tuvo a tiro. Traía en el pincel el eco de las máscaras africanas y el relámpago de la mano de Albert Einstein. Los niñatos que quieren cancelarlo creen que con el artista priápico hundirán el heteropatriarcado. Todo lo más conseguirán un par de subvenciones y cuatro titulares.