Política

Dialogar sin trampas

La ausencia de un bloque homogéneo en el independentismo hace mirar inevitablemente hacia Waterloo

Aún continua la digestión del innegable aldabonazo que supuso este lunes la carta de Oriol Junqueras a la que tuvo acceso la Sexta Tv. Pocos entre los partidarios, pero muy especialmente entre los declarados detractores de los indultos podían imaginar un movimiento –que está por confirmarse si acabará siendo de verdad giro de timón– en el que el líder de ERC, por primera vez, hacía una autocrítica al soberanismo admitiendo la necesidad de cambios en lo que llaman «procés» y llamando al dialogo político con el gobierno de la nación en la línea de desjudicializar el conflicto. Y es que a veces de la necesidad se suele hace virtud y las tozudas matemáticas parlamentarias obligando al ejecutivo de Sánchez a buscar una línea de diálogo que desbloquee el desencuentro de una parte de Cataluña con las instituciones del estado, podrían convertirse a la larga en la broca que abra en la dura piedra al menos un mínimo resquicio de luz.

Es mucho lo que queda por hacer y tal vez por ello se haga más imperiosa que nunca la necesidad de que el punto de partida para ese pretendido diálogo esté sostenido en una mutua confianza ajena a las trampas de tahúr a las que se nos ha acostumbrado en los últimos años. Para ser más exactos, cuando Junqueras cuestiona la utilidad estratégica del unilateralismo independentista dando marchamo de oficialidad al giro que muchos en Esquerra venían demandando, está por ver si se trata de un paso con botas de siete leguas alejándose de aquel otro Vicepresident que meses antes del «1-O» se mantenía en la tesis inamovible de la vía unilateral hacia la independencia mientras masajeaba amigablemente los hombros de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría. El paso de esta semana tal vez no sea menor y ambas partes, con independencia de garantizarse dos años de legislatura tranquila a nivel nacional y en Cataluña con la primera andadura del gobierno de Aragonés, deberán demostrar que todo esto no era una puntual maniobra tacticista para ir salvando los muebles, sino algo mucho más ambicioso por honesto. La ausencia de un bloque homogéneo en el independentismo hace mirar inevitablemente hacia Waterloo, pero aun así el dialogo Moncloa-Sant Jaume parece hoy factible, aunque la mesa de diálogo nos guarde –no lo duden– grandes tardes de gloria. No será fácil, ni corto, ni indoloro, pero sobre todo inténtese sin trampas, por Cataluña y por España.