El sentido de una manifestación
Todos sabemos que el único arranque de una gestión racional del asunto es el consenso de los partidos nacionales
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«Afectos», «amor», «sufrimiento», «empatía», «alivio» o, en un registro un poco más ramplón, «coser» y «desinflamar»… Son algunas de las expresiones que el separatismo catalán ha puesto en circulación, con un éxito notable en estos tiempos en los que la comunicación sustituye a la política y las emociones a la inteligencia. Ni qué decir tiene que detrás hay un cálculo gélido, como el que lleva a señalar en público a los estudiantes que se empeñan en optar por hacer la EBAU, antigua Selectividad, en castellano. Dentro de pocos años les obligarán, si es que queda alguno, a llevar un distintivo. No vayan a contaminar a los catalanes auténticos.

Por parte de los nacionalistas catalanes de ERC, la rebaja en las exigencias formulada por su líder a medias palabras, constata el fracaso del «procés». No el fracaso del ideal separatista. Entre los muchos implícitos del texto está el de que el «procés», liderado por sus socios y rivales de JXC, ha venido a detener la nacionalización de Cataluña, en marcha –sin disimulo alguno– desde los tiempos de Pujol. La excelente disposición de Sánchez y el social podemismo ofrece una inmejorable oportunidad de continuar esa nacionalización sin grandes sobresaltos –Prat de la Riba siempre aconsejó la paciencia–, a la espera de conseguir una mayoría independentista en Cataluña. Mientras tanto, continuarán las presiones sobre la población no nacionalista, desamparada por un Estado que acepta «aliviado» aplazar su desmantelamiento final.

Para Sánchez y el social podemismo, lo del «desmantelamiento» no tiene un significado tan claro. Tal vez siga soñando con el momento en el que los nacionalistas acepten «encajarse» en una nueva España, algo desmentido una y otra vez en 1917, en 1931, en 1934, entre 1936 y 1939, y –por no hablar del Programa 2000, de 1990–desde 2012 hasta ahora, con el momento cumbre del 2017. O quizá a lo único que aspira Sánchez es a llegar al final de la legislatura y, con algo de suerte, repetir una mayoría mínima. Así podría continuar en La Moncloa con la idea de que las naciones –la española, un fracaso que acabará disuelto en «Europa», pero también la catalana– acaben despareciendo del panorama político.

Todos sabemos que el único arranque de una gestión racional del asunto es el consenso de los partidos nacionales. Claro que aquí hubo otro error de cálculo, similar al que los social podemitas hacen con los nacionalistas, error que en su momento hizo la derecha: consistió en suponer que el socialismo iba a aceptar un acuerdo de esa índole, que lo comprometería con la supervivencia de la nación constitucional española… El asunto, como se ve, tiene difícil solución. Justamente, ese es el sentido de la manifestación del domingo en Colón: afirmar que a pesar de todo, la idea de España sigue vigente en el espíritu de los españoles, también en los de Cataluña y de otros territorios ya casi del todo nacionalizados. Visto lo que está en juego, las ausencias y la falta de entendimiento político de quienes participen en ella resultan lamentables. Casi, por recurrir al lenguaje sentimental, desgarradoras.