PP-Cs: Una fusión por absorción
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Lo de Granada es una crisis local, pero a poco que se tuerza puede acabar siendo nacional. Focalizado el problema, no deja de ser una réplica de lo que ocurre en tantas ciudades. Desavenencias, enfrentamientos personales, rencillas partidarias. Pero aquí hay mar de fondo. Y un temor reconocido a que se desencadene un efecto dominó que acabe con las alianzas que aún persisten entre PP y Cs. Que no son pocas. Principalmente en Andalucía y Castilla y León, y en las alcaldías de Madrid y Málaga.

Vistas las declaraciones de unos y otros, parece como si todos tuvieran razón. El alcalde arguye que se trata de una operación del PP para eliminar cualquier atisbo de poder territorial de Cs. El líder del partido de Casado, por el contrario, asegura que había un pacto no escrito para que, a los dos años, la formación naranja traspasara la alcaldía a los azules. Ambos parecen tener razón. Probablemente los dos mienten.

La realidad es que las relaciones PP-Cs no mejoran. No estamos ante el caso de Murcia ni menos aún en el escenario pasado de enfrentamiento total de Ayuso con Aguado. Pero los recelos persisten y las desconfianzas crecen a medida que nos acercamos a nuevos horizontes electorales.

En buena lógica, y dados los resultados de Arrimadas en Madrid y Cataluña, no se debería descartar una suerte de coalición que sería en realidad una fusión por absorción. En eso trabaja desde su despacho en Génova el ex naranja Hervías, hombre próximo a Rivera que mueve los hilos para socavar el poder territorial de su antiguo partido en beneficio del PP.

No parece previsible que el movimiento sísmico de Granada pueda tener repercusión en el resto de alianzas territoriales. Moreno y Marín forman un matrimonio bien avenido, aunque ya empiezan a mirarse de reojo. Lo mismo que Almeida y Villacís en la capital del Reino. El problema de Cs es que no levanta cabeza. Rozó la gloria con los 56 escaños, pero desde entonces no ha hecho más que cometer errores. Arrimadas no traslada futuro alguno. Huyó de Cataluña, se equivocó con la candidatura al Parlament y tropezó de manera infantil en Murcia, con el resultado conocido de la Comunidad de Madrid. Cualquiera con ese bagaje hubiera presentado la dimisión, pero se ve que a la lideresa centrista le importa más el cargo que la fama. Solo que el tiempo pasa y las encuestas cada vez le dan peores cifras. Las últimas, a ras de suelo, a punto de desaparecer incluso de las Cortes. La caída e Cs, por lo demás, tiene un efecto beneficioso en el resultado global del centro y la derecha. Las últimas elecciones que ganó Sánchez por los pelos, las hubieran sacado adelante PP+Cs+Vox+Navarra-Suma de haber concurrido juntos a los comicios. Obtuvieron en conjunto más votos que la izquierda. Pero la ley d’Hont penaliza de tal manera la división, que todas esas fuerzas se quedaron demasiado lejos de la mayoría.

La legislación electoral castiga la división y la gente a quienes no cumplen con sus expectativas. Y Cs no ha cumplido. Ser un día de izquierdas y otro de derechas no se entiende. Triunfaron en Cataluña porque trasladaron un mensaje claro de compromiso con España frente al nacionalismo. Incluso allí, y en eso, les ha pasado por delante Vox. Lo de Granada es una crisis local, pero con aroma nacional. Antes de que vaya a peor, Casado y Arrimadas deberían entenderse. Parece la única manera de evitar que la soledad del alcalde de la capital de la Alhambra se traslade al resto del Estado.