Nuestra mala prensa

«Todos aquellos que han querido colonizar o, llegado el caso, zafarse de la Justicia han apelado a un arma infalible: desprestigiarla»

Consejo General del Poder Judicial
Consejo General del Poder JudicialEP EP

Después de años disertando sobre la Justicia y sus problemas, he llegado a verme como un digno miembro de la hermandad del santo quejido. Y es que hablar de la Justicia y sus problemas tiene ese riesgo: estar en permanente estado de queja, y cuando no hablamos de la falta de medios lo hacemos de todos los riesgos que se ciernen sobre independencia judicial o nos adentramos en un eterno debate sobre su reforma. Lo fácil quejarse y lo complicado es despejar incógnitas, por ejemplo, concretar qué medios se precisan, en qué consiste esa independencia que se ve amenazada, de qué politización hablamos o qué reforma queremos.

Otro riesgo es que los propios jueces nos echemos arena a base de destacar lo negativo y no valorar –ni hacer que se valore– todo lo positivo que hay en nuestra Justicia. Quizás empezando por la propia Judicatura formada por jueces vocacionales, competentes y además –y no es precisamente poco– con un nivel de probidad muy por encima de lo que se ve no ya en política, sino en otros cuerpos funcionariales y en no pocos ámbitos de lo que se llama «el sector privado» porque, por cierto, se habla y mucho de la corrupción en lo público y poco en lo privado.

Pero tenemos mala prensa y eso que la opinión pública suele discernir: suspende a la Justicia –también lo hacemos nosotros– pero salva a los jueces. Eso no consuela y no deja de ser el fruto de décadas de mala prensa. Si echamos una mirada atrás veremos –porque es cierto– que todos aquellos que han querido colonizar o, llegado el caso, zafarse de la Justicia han apelado a un arma infalible: desprestigiarla. Así el socialismo, fiel a su historia, antes de iniciar la conquista del Consejo General del Poder Judicial, nos lanzó bombas incendiarias como que la Justicia era un nido tardofranquista; alegato en el que abundó conforme se adentraba por trochas de corrupción y terrorismo de Estado.

Esa tendencia creó escuela y empeñada España en ser el Patio de Monipodio, todo aquel político o –valga la redundancia– poderoso económico o mediático que desfila por los tribunales, va preparando su exculpación a base de desacreditar a la Justicia. Y esta tendencia ya vale no sólo para nosotros, sino para toda instancia de control: ahí tenemos las críticas al Tribunal Constitucional por declarar la nulidad del primer estado de alarma o las sospechas que se vierten sobre el Tribunal Constitucional, órganos ambos que aun denominados «tribunal» no son Poder Judicial pero comparten con nosotros la misma suerte del desprestigio.

Ahora desde la izquierda política y mediática se lanzan dos especies contra la Justicia, una muy vieja que se repesca y otra más del momento. La vieja es que los jueces si antes éramos el último reducto del franquismo ahora, por extracción social, poco menos que somos la aristocracia no tanto de la sangre como del dinero, luego hay que democratizar el acceso a la Judicatura. Y, en fin, en esta línea tenemos el último grito en descalificación hacia la Justicia: que España está en manos de una judicatura machista y patriarcal.

Semejantes majaderías no aguantan una mínima crítica y sólo cabe entenderlas como unas variadas patologías más en las que suele degenerar el progresismo: la malicia o el interés por privilegiar al zote cualificado que por no saber Derecho aplica el que le susurran o, sin más conjeturas, quizás sea una crítica procedente de quienes quieren socializar su mediocridad, su vociferante ignorancia.

Y los jueces ¿qué podemos hacer? Ahora tenemos dos bazas. Una hasta ahora inimaginable, Europa. Tanto el Tribunal Europeo de Derechos Humanos como la Unión Europea reclaman de España un sistema despolitizado de gobierno judicial. Y a esa baza cabe añadir otra que hay que saber jugar: el clamor creciente por regenerar un sistema político que va a la deriva. Ahí, en nuestro ámbito, debemos tener protagonismo y para ello tomar conciencia de que o nosotros lideramos la regeneración de la Justicia –que es como decir el Estado de Derecho– o nadie lo hará, porque para la clase política la Justicia es un tema menor, no interesa salvo para atacar al adversario o para derivarnos todos los males.