¡Vamos, España!

La exasperante burocracia española no puede echar a perder el esfuerzo que han hecho las Fuerzas Armadas y el personal diplomático

«¡Vamos, España!», es la consigna que gritan los militares españoles en un vídeo grabado durante el rescate de los amigos afganos de nuestro país tras la caída de Kabul en manos de los talibán. Recuerda otro grito muy antiguo, y aunque ahora no sea de ataque, como entonces, sí que vuelve a salir espontáneamente, como una señal de ánimo y de esperanza para convocar, reunir y rescatar a algunos de los que creyeron que los países de la alianza les iban a ayudar a vivir una vida un poco más civilizada. Por eso no debería ser necesario llegar al registro sentimental para argumentar que el gobierno español tiene el deber de sacar a todos los afganos que pueda en el cortísimo plazo impuesto por los nuevos dueños de Afganistán y aceptado por un presidente norteamericano evidentemente chantajeado con la amenaza de la violencia o del secuestro, una reedición de la toma de rehenes en Teherán en 1979-1980.

El asunto plantea varios problemas, sobre los que la opinión pública española debería ser capaz de llegar a un acuerdo. En primer lugar, en cuanto a estos refugiados, aquellos que las tropas españolas están consiguiendo sacar de Afganistán. Muchos de ellos van a invocar el derecho de asilo para quedarse en nuestro país, y no debería haber ninguna duda acerca del deber de concedérselo lo antes posible. La exasperante burocracia española no puede echar a perder el esfuerzo que han hecho las Fuerzas Armadas y el personal diplomático. Habrá que hacer todo lo posible para evitar que entren terroristas yihadistas, pero ahora el Estado español no puede dejar a nuestros amigos en un limbo jurídico de años. (Lo mismo debería ocurrir con los refugiados políticos cubanos y venezolanos.)

Es casi seguro que en poco tiempo los talibán impondrán el terror y es posible que pronto empiece una guerra civil. No sería raro que saliera huyendo del país mucha gente, acostumbrada ya a otras maneras de vivir. Antes de que el asunto cobre el dramatismo que conocimos con la Guerra de Siria, se podría pensar en soluciones que tengan en cuenta los dos grandes factores en juego en este asunto. Por un lado, el recelo legítimo de una parte de la población española ante una nueva oleada de inmigración, sometida como está a la presión desde el norte de África. Y, por otro, el hecho de que refugiados como los que pueden venir huyendo de los talibán constituyen un grupo muy valioso. Por el conocimiento que tienen del significado de la libertad y por el agradecimiento y la lealtad que una acogida en condiciones, sin enfrentamientos envenenados, podría suscitar en ellos. Aunque no sea vital, sí que es una cuestión nacional, de Estado, y así debería ser tratada. Puestos a soñar, también podemos hacerlo con una economía más flexible, que ofreciera más oportunidades a quienes vengan huyendo de la tiranía. En cualquier caso, antes de seguir haciéndose selfies con los refugiados, el Gobierno podría continuar la buena labor que está haciendo con el rescate y convocar a los grupos políticos a un debate serio sobre el asunto. Sería un poco de luz en una historia siniestra.