Otros veraneos. Kabul: ida y vuelta
No han pasado ni tres semanas en la que unos compatriotas arriesgaron, se sacrificaron y cumplieron con eficacia su deber, en un especial verano
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Parece ya perdida en el tiempo la fecha del 31 de agosto en la que el último soldado USA dejaba el aeropuerto de Kabul. Los nuestros habían regresado dos días antes.

Incluso la conmemoración de los trágicos atentados del 11-S que motivaron la intervención internacional en Afganistán parecen alejados a solo cinco días. ¡El frenético ritmo de nuestros relojes!

Hoy es tiempo de servicios de inteligencia y de fondos reservados. Si hay interés en recuperar a colaboradores, por fanáticas que sean las mentes de los ayatolás, siempre es posible «engrasar voluntades» al más puro estilo Pérez Reverte. También son momentos para la diplomacia como la iniciada en Pakistán, como imagino se despliega en zonas fronterizas a las provincias del noroeste que tuvieron mayor presencia española, en este caso con Irán y Turkmenistán. Qatar, siempre en la reserva activa.

Y reflexionamos, aunque sea tarde. El Instituto Español de Estudios Estratégicos analiza a través de buenos ponentes militares –José Luis Calvo, Jesús de Miguel, Javier Ruiz Arévalo, López Lago – las causas de la rápida victoria talibán y el colapso del Estado afgano que la comunidad internacional quiso instaurar. Es bueno «aprender lecciones» aunque sea a posteriori, aunque pienso que la próxima guerra también será diferente, como lo son casi todas respecto a sus precedentes. Quizás ahí falló la estrategia de Occidente.

Pero en todas las reflexiones de un verano que termina, he procurado priorizar los aspectos humanos de nuestras «gentes de armas», sobre las líneas estratégicas y operativas que cumplían.

Me alegra constatar que, junto a los GEO,s de la Policía Nacional, pilotos del Ala 31 de nuestro Ejército del Aire, Sanitarios de la Inspección General y componentes del Mando de Operaciones Especiales, estuvieran presentes, codo con codo, nuestros representantes diplomáticos.

Lo resume el coronel Álvarez Planelles del Mando de Operaciones de la Defensa, jefe hasta Mayo del último contingente español en Afganistán, movilizado a finales de agosto. «Dejé un aeropuerto de Kabul perfectamente organizado, limpio y seguro; hoy, es una base llena de basura, donde no se respetan apenas normas de conducción, donde se utiliza cualquier medio de transporte disponible, incluidos los vehículos especiales del aeropuerto; donde los alojamientos hay que defenderlos para que se ocupen por otros; todo muy sucio porque ha desaparecido el personal de limpieza, donde conseguir una bebida fría es prácticamente imposible».

«Estaba de vacaciones en Alicante, escribe. «Llamado con urgencia, recibí instrucciones en Madrid y preparé mi equipo; a las 18 horas despegaba de Zaragoza; debía hacerme cargo de las unidades militares desplazadas y coordinar las acciones de repliegue con la Embajada». «Al final éramos 57 militares, 20 policías y 4 diplomáticos de Exteriores».

¿Presiones para evacuar afganos? «Venían mayoritariamente de Madrid donde acudían colaboradores afganos a pedir ayuda. Tantos años en Afganistán habían creado vínculos muy fuertes con personas de cierta influencia en nuestra sociedad; difícil atender tanta petición, pero hicimos lo que pudimos en una operación bien organizada, con pequeños fallos que se iban solucionando y en un tiempo disponible muy corto».

Cuando le pregunto sobre los americanos constata: «Como siempre; su apoyo de seguridad al perímetro de la base nos permitió concentrarnos en la misión de evacuación; su apoyo logístico fundamental; nunca faltó agua o comida ni a nosotros ni a los refugiados».

No anda muy lejos de lo que relata Álvarez Planelles, el comandante del Ala 31 de Zaragoza Javier Ferrer. Le pilló la crisis en Zaragoza: «Era de los pocos que estábamos aquí en agosto; el A-400 es un avión relativamente nuevo y aún estamos en fase de acoplamiento de tripulaciones; desde el minuto cero supe que me tocaba». Había operado en Kabul en tres ocasiones anteriores, bien distintas. Pilotó el primer A-400 que evacuó a afganos que habían colaborado con España. «Tuvimos que hacerlo prácticamente a ciegas». Días después lo hizo en el último vuelo que cerraba el ciclo, transportando al embajador Gabriel Ferrán y su segunda Paula Sánchez que permanecieron hasta el último día en Afganistán». Las escalas en Kabul desde Dubai se hacían sin parar motores: «No podíamos correr el riesgo de no poder arrancar de nuevo»; a ello se añadía otro problema: «No había combustible en aquel aeropuerto».

No alejado de estas opiniones, el comisario Javier Nogueroles de la Policía Nacional escribirá: «Durante tres horas aseguramos las instalaciones, destruimos material sensible, equipos de comunicaciones e informáticos; salimos en helicóptero con el equipo de mano y un limitado equipaje; incluso por las alcantarillas recuperamos a personal comprometido con la Embajada». Cuando les pregunto sobre las comunicaciones con sus familias responden: «Buenas; ¿pero cree que teníamos tiempo?»

No han pasado ni tres semanas en la que unos compatriotas arriesgaron, se sacrificaron y cumplieron con eficacia su deber, en un especial verano.

¡Todo nuestro agradecimiento!