Vacunación

La conjura de los necios

Quieren colectivizar la superstición, la superchería y la burricie para que nuestros hijos estén más expuestos a la enfermedad y la muerte

Después de años soportando a los antivacunas por el autismo, ahora resulta que también aguantamos a los antivacunas enemistados con la profilaxis frente al SARS-CoV-2. No salimos de una plaga de lunáticos cuando ya padecemos la siguiente. Entre los feligreses de la caverna algunos chapotean en las charcas de un médico australiano que inventó el cuento para después retractarse. Son descendientes de las utopías hippies. Extrema izquierda y Pachamama, enamorados del agro y enemistados con la modernidad. Devotos de la copa menstrual. Anticapitalistas o peor, aunque papá pertenezca a varios consejos de administración. Convencidos de que la ciencia es un constructo y el crecimiento económico el rayo que envía Jehová para socarrar nuestra lujuria, consumista o de la otra. Viven colgados de la miseria alternativa. Idolatran la mugre. Quieren colectivizar la superstición, la superchería y la burricie para que nuestros hijos estén más expuestos a la enfermedad y la muerte.

Los segundos, adscritos a movimientos y/o postulados próximos a la extrema derecha, opinan que los laboratorios buscan algo más que el lucro. Para estos luditas existe una conspiración en torno al virus. Ha sido concebida para dominar el mundo, controlar nuestras mentes, ordenar los resultados de la liga de fútbol y someternos a un estado de shock en sesión continua. Gracias a la terapia de choque el poder, que no descansa, aprovecha para colarnos su averiada mercancía globalista. Todos estos reaccionarios resultan bastante indistinguibles al tomarlos de cerca. Comparten obsesiones y, yeah, participan de una común desconfianza hacia lo que no sean razones sentimentales y explicaciones de corte delirante.

En los últimos días hemos sufrido a los zumbados, oportunistas, magufos y canallas que, con el pretexto de defender las libertades, han desencadenado una razzia contra el periodista y escritor Federico Jiménez Losantos y contra EsRadio. No voy a entrar aquí en el contenido de sus injurias. El análisis de las heces no requiere que el lector haga gárgaras con ellas, entre mis pasatiempos no sobresale el manejo de detritus radioactivos y Jiménez Losantos tampoco necesita que le defienda. El mejor capitán del verbo y el sarcasmo, que clavó el asalto de los nacionalismos al Estado con treinta años de adelanto al resto («¡Lo que queda de España» es de 1979!), se basta y sobra contra el rebaño de los «bebelejías», convencidos de que la gente corriente profesa en la eficacia de un fármaco como quien apuesta a la ruleta.

Y los seguidores de quienes escriben contra las vacunas debieran de hacerse mirar sus vicios; concretamente, la admiración por unos periodistas y tuiteros que posan con sombrero de cowboy evangélico o acuden a Mondragón a hacerse selfies delante de la bestia. Hermanados por incapacidad para reconocer lo grotesco de sus cabriolas, así como por su aversión a la realidad y la ciencia, disparan contra nuestro Quevedo en las ondas, al que profesan un odio recalentado y chusco. Bien por Federico, que no cede ante las embestidas de los macarras, mientras ellos, erre que erre, bulo va y mentira viene, ponen en riesgo la salud pública y la recuperación económica.