España

Salir de Madrid

Calviño es una tanqueta en un gobierno de chirigota. Así no hay manera, por mucho que te valoren en Bruselas. Cuando sostuvo que Sánchez les ha «inculcado el rigor, el respeto y la confianza» parecía lista para el club de la comedia

Nadia Calviño interviene en una sesión de control al Gobierno en el Congreso
Nadia Calviño interviene en una sesión de control al Gobierno en el Congreso FOTO: Eduardo Parra Europa Press

En el Congreso, sobre los escombros del Convento y la Iglesia de los Clérigos Menores del Espíritu Santo, sus señorías hablaron con lenguas de fuego. El título de la serie me lo propuso ayer noche Raúl del Pozo, en cuya magistral “Grada de los leones’', que alguien debiera reunir en un libro, abrevan estas lenguas flamígeras, de poeta, iluminado o borracho, mientras la oposición y el gobierno se echan los trastos a la jeta. Llegué a la tribuna tras pasar de puntillas, sobrecogido, frente a los retratos de Galdós, Fernández Florez, Azorín, Camba, Josefina Carabías y Pla. Los del recado de escribir somos ingenuos, pueriles y un punto egoístas, pero también mitómanos. Cuesta no conmoverse delante de los monstruos sagrados.

Apenas alcanzaba a sentarme cuando Pablo Casado disparó una pregunta popurrí que remataba en vísperas del apocalipsis. Sentado a mi izquierda el gran Jorge Bustos tomaba notas para amartillar su crónica de acero. Pensé en Umbral, en Vicent, en Gistau. Medité sobre los grandes cronistas y oradores. Tomé tierra con la alocución de una Miriam Nogueras, portavoz de Junts per Catalunya, asombrosa. La mujer que según la Wiki «cursó un posgrado en marketing digital y comercio electrónico que no finalizó», demostró rápido y pronto que después de tres años soportando la parla beoda de los nacionalistas todavía rebosa detritus.

Nogueras habló de «putiferio». Dijo que el poder judicial español «abandera el fascismo» y que «el prestigio de España pende de un hilo». Como los depredadores a los que representa quedaron fuera de la timba sostuvo que estamos ante una pantalla de humo, que la mesa «no es la solución al expolio y el bullying que sufre Cataluña». La mesa es un dislate, claro, pero no por las razones que apuntó su señoría. Y créanme que no es lo mismo deglutir los desvaríos de esta gente por televisión que a unos metros de distancia, con la diputada a punto de arrancarse a girar la cabeza como una Linda Blair más pija e igual de extrovertida.

En la mañana lapislázuli del miércoles pronto quedó claro que Pedro Sánchez, camaleón de sí mismo, pensaba delegar la defensa de su gestión en Nadia Calviño. A la pregunta/vómito de Nogueras, ahogada en un potito de injurias chungas, dijo no sé qué cosas sobre el baloncesto. Lo suyo, entre el muñeco del chotis y un Churchill pintado por un publicista en una cartulina, iba de silbar, pisar flamenco y hacer monerías. «España es democrática», dijo el guapo, «y el 80% de Cataluña quiere el diálogo». Da un poco igual lo que diga. Los presidentes, reos de los fantasmas de la Moncloa, terminan por creerse imprescindibles. Todavía más en el caso de Sánchez, que hace apenas un lustro, derrotado en las primarias, buscaba curro de repartidor o pinche. Volvió de entre los muertos y vampirizó el partido. Hay que reconocerle el mérito y comprender que ahora quiera salirse de los debates por la tangente de unas divagaciones deshuesadas. Su reino no es de este mundo, aunque el cargo, el BOE y el Falcon sí. Cuando Inés Arrimadas le cuestionó por la situación de las familias, enredadas por la deuda, los gastos escolares y la incertidumbre del bicho, la despachó con la indiferencia que siente por sus potenciales socios liberales. Prefiere la compañía de ERC, Podemos y Bildu. Con ellos todo es muuucho más divertido.

Agotado el cupo de monerías, la encargada de proteger la ciudadela fue Calviño. La única junto a Margarita Robles con un currículum a la altura del cargo. Suyas fueron las mejores réplicas. No tanto cuando tiró de argumentario teledirigido (responsabilidad fiscal, justicia social y reformas económicas de calado) como cuando bajó a la arena y repartió estopa. Pero poco pudo hacer/decir cuando Cuca Gamarra le preguntó si la previsión de crecimiento del 6,5% será tan efímera como la anterior del 9%. «Está usted ya a la altura de Pedro Solbes, el peor ministro de la historia de la democracia», disparó la portavoz del PP, «y acabará igual, escribiendo sus memorias y reconociendo sus errores». Calviño es una tanqueta en un gobierno de chirigota. Así no hay manera, por mucho que te valoren los altos funcionarios en Bruselas. Cuando interpelada por Iván Espinosa de los Monteros sostuvo que Sánchez les ha «inculcado el rigor, el respeto y la confianza» parecía lista para opositar al club de la comedia. Lamentablemente entre los talentos de la vicepresidenta primera no figura la vis cómica.

Salí del Congreso con la cabeza volada. Los políticos seguían zurrándose con lenguas de trapo o veneno, allí donde la buena cintura y el mal vinagre cuentan más que la palabra recta. De vuelta a casa saludé al Palace y a Neptuno y crucé junto al Prado y la Academia. Madrid, la más libre, la más guapa, la que recibía a los tahúres, los toreros y los escritores, capital europea, bolsa de valores, tablao y chotis electrónico, sonríe bajo un sol como un queso. Dice el maestro Raúl que salir de Madrid es siempre un error. Qué razón tiene.