El levantamiento popular de Hungría
foto-autor

Está pasando casi desapercibido para los diversos medios de comunicación –audiovisuales, escritos, y redes sociales– el aniversario de un acontecimiento histórico que afecta a Hungría: el levantamiento popular contra el comunismo en Budapest en octubre de 1956. Resulta llamativo que el país magyar sea noticia permanente por ser acusado desde Bruselas de violar –junto con Polonia– los principios y valores que sustentan la UE, y no se recuerde la historia que le acompaña en su lucha por la democracia. Quizás habría que profundizar acerca de cuáles son esos principios y valores que invoca Bruselas y cuándo han sido votados por los ciudadanos, además de saber quiénes y cuándo, a su vez, han votado a esos nuevos jefes que parecen estar por encima del bien y del mal en sus decisiones.

En cualquier caso, parece que esos valores han cambiado mucho en los 65 años que median entre ambos hechos, que coinciden además con la fundación de la CEE, antecedente de la actual UE. Sin duda, la separación de poderes es consustancial a la democracia tal y como la entendemos en Occidente, y no coincide con la calificada como «popular» en el espacio donde estaba entonces ubicada Hungría bajo el control y mando de Moscú, capital de la URSS. Precisamente contra su tiránico poder comunista se levantaron en estas mismas fechas de 1956 los estudiantes y trabajadores húngaros para ser reprimidos a sangre y fuego por los tanques del Pacto de Varsovia, en lo que fue una revolución auténticamente popular y blanca contra la roja. Ahora parecen invertirse los papeles, y son los Gobiernos democráticos húngaro y polaco los hostigados por los demócratas eurócratas. Nada que objetar en cuanto que hay que garantizar un poder judicial auténticamente independiente como fundamento de una correcta democracia –y de eso nosotros tenemos experiencia ante los intentos del Gobierno socialcomunista por controlarlo–, pero hay razones para pensar que esa no es ni la única ni la principal razón del enfrentamiento y descalificación a que Hungría está sometida, junto con Polonia.

Si ya es llamativo que los acusados lucharan contra dos de los principales países de la antigua Europa comunista, no lo es menos el que sean ellos quienes mantengan políticas disidentes en materia de inmigración y defensa de la vida y la familia. No puede despacharse con un portazo sin más su oposición a abrir las puertas a la inmigración musulmana invocando el derecho a proteger su identidad nacional e histórica frente a quienes no tienen la más mínima voluntad de integración. Al igual sucede con su oposición a otros dogmas de la corrección política actual.