Cuba, un gran fracaso

La Revolución ha empobrecido a Cuba en un 75% de su PIB, en términos reales. Si restamos la ayuda exterior, el porcentaje es aún mayor

Cuba, un gran fracaso
Cuba, un gran fracaso FOTO: Barrio

Cualquiera que conozca Cuba sabe que es un gran fracaso. Un trágico y dolorosísimo fracaso. La Revolución ha resultado ser un enorme fraude, el gobierno un desastre. El régimen ha degenerado en un sistema totalitario, donde las libertades individuales son desconocidas, los derechos humanos inexistentes, y los tribunales imparten una justicia de partido único, donde las garantías procesales son desconocidas. El Estado, fuertemente militarizado, gasta un 3% del PIB en defensa, el triple que España. La policía tiene barra libre, y donde ésta no alcanza, los paramilitares Comités de Defensa de la Revolución entran en acción. La Revolución acumula un amplio historial de miles de ejecuciones, desapariciones, asesinatos extrajudiciales, 20.000 presos políticos y 2,5 millones de exiliados. Además, innumerables violaciones de derechos humanos.

En 2019, Cuba obtuvo la cuarta parte de la renta per cápita que España, cuando en 1959 eran semejantes. La Revolución ha empobrecido a Cuba en un 75% de su PIB, en términos reales. Si restamos la ayuda exterior, el porcentaje es aún mayor. La corrupción está groseramente generalizada, el desabastecimiento es absoluto, las carencias inmensas, la satisfacción de las necesidades más elementales está solo al alcance de los dirigentes del partido o afines al gobierno. La economía no merece tal nombre. La medicina, propaganda aparte, carente de medios y medicamentos, se basa en «remedios naturales» o milagrosos. El sistema se mantiene por la fuerza, nadie cree en él. Algunos se benefician y la inmensa mayoría, lo sufren y padecen. El régimen cubano, como otros parecidos, se podría definir como de «cárceles llenas y estanterías vacías» aunque, simultáneamente, el turismo, fuente de divisas, es mimado de forma obscena.

Cuba se tambalea desde el derrumbe soviético, que la sostenía sin rubor. Sin embargo, el régimen resiste, pero su caída es solo cuestión de tiempo. Las tiranías no son eternas. El clima y el carácter jovial de los cubanos, junto con la doble moral que ampara una escandalosa corrupción, ayudan a mantener este gran fracaso. Carlos Alberto Montaner nos señala en «La última Batalla de la Guerra Fría» que, en una entrevista a Alexander Yakovlev, posiblemente el principal consejero de Gorbachov, le reconoció que el comunismo había fracasado «porque no se adaptaba a la naturaleza humana» y, como tal, resulta rechazada por la inmensa mayoría de la población.

Es una realidad incuestionable que el marxismo no ha sido capaz de convencer a la población que lo ha «disfrutado». El derrumbe del régimen cubano, tan cierto como inevitable, se producirá, como pasó en la URSS, cuando la única manera de mantener el sistema sea mediante una represión de tal magnitud, que el político de turno lo considere, como Gorbachov, tan desproporcionado que se convenza de su inutilidad.

El único éxito de la Revolución ha sido el propagandístico, para desgracia de los cubanos, ya que Fidel y los suyos nunca conquistaron nada. Fue el ejército del ex sargento Batista, un ser tan inepto como corrupto, el que se desplomó sin ofrecer resistencia a Castro. Hay que remontarse al golpe de los sargentos de 1933, origen del poder del sargento taquígrafo Fulgencio Batista, cuando éste se alzó contra sus superiores con el beneplácito del poder civil. Consecuencia de ello, el taquígrafo Batista, fue ascendido a coronel y nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército cubano. No fue el único, sargentos en masa ascendieron de forma carnavalesca a las más altas magistraturas castrenses.

Todos los oficiales –entre los que había veteranos del 98– fueron desplazados y expulsados del ejército. Muchos fueron encarcelados, otros asesinados. La ausencia de disciplina y la anarquía fue, a partir de entonces, la norma general. Con el desembarco de Castro, el ejército del sargento-coronel Batista puso al descubierto su ineptitud: nunca tuvo la iniciativa, careció de liderazgo y de competencia profesional. No ejecutó acción alguna de envergadura, en ningún momento aprovechó su abrumadora superioridad numérica, cerca de sesenta mil hombres sobre Castro, que inicialmente lo constituían unas cuantas decenas y que, en palabras del Che, «eran un ejército de fantasmas, de sombras desorientadas, caminando en círculo. Acosados por los mosquitos, la sed y el hambre».

El teniente coronel inglés Arthur Campbell en su obra «Guerrillas», manifiesta que «los fidelistas carecían completamente del conocimiento básico del arte militar». El teniente coronel norteamericano T.N. Greene en su libro «Cómo combatir las guerrillas», comenta que «a los rebeldes les faltaba…todo conocimiento militar». En vano se puede buscar entre los tratados castrenses el supuesto genio militar de Castro o del Che, que son productos exclusivos de la posterior propaganda.

Vencieron los rebeldes porque enfrente no encontraron a un verdadero ejército mandado por auténticos oficiales, y porque no había causa que defender. La mayoría del ejército no apoyaba al corrupto Batista y prevalecía la inmoralidad en las altas esferas. Los cubanos, en general, no eran fidelistas, sino que estaban hartos de la corrupción del poder, y de ello se aprovecharon los rebeldes, que en palabras del mismo Che, tuvieron que «luchar contra su propia falta de preparación física, moral e ideológica».

El enorme capital político regenerador que administró Castro durante decenios, y que sólo la misma Providencia puso en sus manos, lo convirtió en un fracaso de enormes proporciones, siendo de su exclusiva responsabilidad y de sus herederos políticos, la ruina moral, social, política y económica que sufre Cuba. En definitiva, un gran fracaso.

Tomas Torres Peral. Comandante de Caballería. Academia de las Ciencias y las Artes Militares