«Que devuelva la bala»

Uno de los suelos morales del relato de ETA concibe a los terroristas como sencillas máquinas de matar. «Matan porque son asesinos», se decía alguna gente para protegerse de las causas políticas de la muerte

La viuda de Gregorio Ordóñez y presidenta de la fundación que lleva su nombre, Ana Iribar, durante la presentación el pasado viernes en Vitoria de una exposición sobre la vida del político guipuzcoano asesinado por ETA.
La viuda de Gregorio Ordóñez y presidenta de la fundación que lleva su nombre, Ana Iribar, durante la presentación el pasado viernes en Vitoria de una exposición sobre la vida del político guipuzcoano asesinado por ETA. FOTO: David Aguilar EFE

A Gregorio Ordóñez ETA le dio por lo menos dos balas. Una, la que lo mató y la otra, la que le dejaron en el casillero un tiempo antes como anticipo. Esa primera se puede ver en la muestra «Gregorio Ordóñez, una vida posible» que se ha inaugurado en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo de España en Vitoria, monumento indispensable a la memoria de este país. Camino por sus pasillos y recuerdo tactos, sensaciones y olores que pensaba olvidados para siempre. Vuelvo a ver a Ordóñez por las calles de San Sebastián, fotos de Alderdi Eder, gente con plumíferos y Donosti deshecha en aquella capilla ardiente.

En la vitrina junto a la bala se expone la cartera que llevaba Ordóñez el día en que lo mataron en el comedor de La Cepa el 23 de enero de 1995, una agenda con recortes de periódico, un libro con la historia de la Tamborrada, un teléfono Ericson y una cartera con una foto de su mujer Ana Iríbar y su hijo recién nacido. No hay nada tan evocador como los olores y las tipografías de los periódicos y así por las páginas de «El Diario Vasco» de aquellos días llego no sé muy bien cómo a la clase de COU en Marianistas donde por la tarde el profesor nos da la noticia de que han matado a Gregorio Ordóñez. Un compañero de clase de la penúltima fila comenta entre risas: «Hay que decirle a la viuda que devuelva la bala». Permanecemos quietos y mudos, al socaire del terror.

Uno de los suelos morales del relato de ETA concibe a los terroristas como sencillas máquinas de matar. «Matan porque son asesinos», se decía alguna gente para protegerse de las causas políticas de la muerte. Ojalá hubieran sido solo asesinos, pues en esto hubiera encontrado el horror un aposento. Alguien que encuentra placer en matar y mata, sin justificaciones, constituye un accidente de la naturaleza. Otro de los sótanos del terrorismo de ETA es que sucede, que acaece fruto de un entorno, de un ambiente y de las circunstancias inevitables como la cerilla que se enciende cuando se le acerca una llama: hay una dictadura, un pueblo de gentes que se sienten oprimidas y la violencia se aparece como manifestación de todo lo anterior, justificada matemática y físicamente.

En realidad hubo una gente que hizo daño a otra y buscó su desaparición física y espiritual cuando en realidad no tenía por qué haber sido así. Nadie cogió una pistola porque no le cabía otra opción. La elección entre el bien y el mal es importante cuando se mira a las víctimas entre las que nadie se tomó la justicia por su mano al ver en una caja a su padre, a su hermano o a su hijo. Concebir al asesino como una máquina perfecta de odio supone reducirlo a una versión incomprensible de sí mismo. También se amputa a la víctima su honor y su derecho cuando se la reduce a una unidad de dolor que no se concibe más allá de su desgracia. Una de las peores crueldades consiste en considerar a la víctima como alguien tocado tan de cerca por el infortunio que es incapaz de hacerse cargo del mundo de hoy, una suerte de discapacitado para la tarea de distinguir el bien y el mal, analizar y hacerse cargo de lo que está sucediendo en el panorama político actual. Si la realidad les incomoda, creen, será porque no están preparados para asumir el presente. Los consideran como gente que lleva flores al cementerio y poco más, una manera indigna y miserable de pretender –de nuevo– su silencio.