La polémica más dantesca del mundo

He recorrido estos días Florencia de arriba abajo buscando algún recuerdo físico más del poeta. No queda nada

La polémica más dantesca del mundo
La polémica más dantesca del mundo FOTO: Barrio

La semana pasada regresé a Italia. Lo hice a hurtadillas, sorteando los agotadores controles del pasaporte covid y haciendo caso omiso a los agoreros que parecen disfrutar viendo cómo nuestro mundo languidece. Dirigí mis esterilizados pasos a una ciudad que –iluso de mí– pensaba encontrar vacía. Todos mis cálculos fallaron. Pensé que recién acabado el Año Dante –2021 quedó marcado por las débiles celebraciones del séptimo centenario de la muerte del «Sommo Poeta»–, la divina Florencia estaría a medio gas, sin apenas turismo y lamiéndose las heridas por no haber conseguido que los restos mortales del autor de «La Divina Comedia» regresaran a la que fue su ciudad natal. Erré. Florencia estaba a rebosar.

En mis cuadernos tenía anotado acercarme a la iglesia de la Santa Croce, no muy lejos de la Piazza della Signoria. Es esta una basílica imponente. Decorada con mármoles como los de la catedral, en su nave reposan los restos mortales completos de Maquiavelo, Galileo Galilei y Miguel Ángel. No es poca cosa. En España no podemos decir lo mismo ni siquiera de los de Cervantes. En uno de sus lados, un notable mausoleo levantado en 1830 sostiene a un Dante de piedra pensativo, con la mirada perdida en el infinito, protegiendo una orden inscrita en letras mayúsculas: «Onorate al’altissimo poeta». Honrad al elevado poeta. Sin embargo, tanto el féretro que la acoge como la efigie y el epitafio, invitan al equívoco. Dante no está ahí. No lo ha estado nunca. Duerme –todos lo saben– a 150 kilómetros, en Rávena, donde fue hospedado en 1318 por el príncipe de la ciudad tras dieciséis años vagando por media Italia. El «sumo poeta» había sido expulsado de su Florencia natal en 1302 acusado por las autoridades de corrupción, malversación de fondos, fraude, malicia, prácticas desleales y pederastia. Y él, orgulloso y malherido, condenado a muerte si volvía a poner un pie en Florencia, se vengó de sus jueces escribiendo «La Divina Comedia».

Al entrar en una Santa Croce atestada de turistas no quise hurgar en semejante herida. Recordé solo que Florencia lleva desde el siglo XVI reclamando a Rávena sus restos mortales. Es una de las grandes batallas culturales de Italia. Quizá la mayor. Antes de la pandemia, Rávena recibía 400.000 visitantes anuales gracias a Dante. El poeta murió allí al poco de terminar de escribir su inmortal obra. Cuando en 1519 los ravennati fueron obligados a devolver sus despojos a Florencia por orden del papa León X –florentino, claro–, los franciscanos encargados de su custodia le enviaron un ataúd vacío. De hecho, rebeldes, distrajeron sus huesos durante generaciones hasta que en 1780 el cardenal Gonzaga, tratando de resolver el contencioso, logró que revelaran su paradero y los sepultaran en un templete fuera de la iglesia de San Francisco de Asís. En Rávena, claro. Y allí es donde aún reposan.

Pocos son conscientes de que, justo antes de llegar la covid, los alcaldes de estas dos ciudades estuvieron negociando el posible regreso –siquiera temporal– de Dante a su lugar de nacimiento. Pero justificar la salida del poeta a Florencia en el aniversario de su muerte en Rávena era muy complicado y su plan quedó en nada. Santa Croce, pues, sigue siendo solo una fastuosa tumba falsa, un cenotafio a la vergüenza de una urbe que actuó con Dante como «madre con poco amor», que es como la definió una de las varias lápidas sepulcrales que han cubierto sus despojos en estos siglos.

Alguien allí, un vigilante de seguridad sorprendido por el rato que llevo detenido ante la falsa tumba, me recuerda que Rávena, presionada una y otra vez por Florencia, terminó por enviarle en 1865 un sobre con algunas cenizas suyas. «Deberían estar ahí», señala al cofre de piedra. Me cuenta entonces que las sacaron de una caja marcada con la inscripción «Ossa Dantis» que había sido emparedada por los herederos de aquellos irredentos franciscanos en 1810, cuando Napoleón invadió la ciudad. La caja estuvo 55 años en paradero desconocido, pero al ser redescubierta tuvieron ese gesto con Florencia. Aunque aquel regalo no les hizo demasiada gracia. Los florentinos no hicieron honor alguno a aquellos polvos y los perdieron, hasta que en 1999 aparecieron olvidados en un cajón de la Biblioteca Central de la ciudad… donde aún siguen sin pena ni gloria.

He recorrido estos días Florencia de arriba abajo buscando algún recuerdo físico más del poeta. No queda nada. Incluso la supuesta máscara mortuoria de Dante que Dan Brown popularizó en su novela y largometraje «Inferno» ha caído en desgracia. Conservada en un corredor del Palazzo Vecchio, una gran cartela advierte que esa escayola jamás cubrió su rostro. Si acaso, el de una estatua de Dante hoy desaparecida. Esa «máscara» llegó a la ciudad en 1911 como regalo del escritor, filólogo y senador italiano Alessandro d’Ancona que, a su vez, la recibió una década antes del célebre dantólogo británico Seymour Kirkup que la obtuvo hacia 1830 en Rávena, justo cuando Florencia se embarcaba en la construcción de la tumba vacía de la Santa Croce.

Dan Brown se coló sin querer en esta guerra cuando escribió en su novela que, viendo su (falsa) máscara mortuoria, «uno tiene la impresión de que a Dante se le ha concedido finalmente regresar a casa». Concedido, tal vez. Otra cosa es que el vilipendiado poeta quiera regresar a donde lo echaron.

Doy fe de que, acabado 2021, la dantesca herida entre Florencia y Rávena sigue abierta como nunca.

Javier Sierra, es escritor, premio Planeta de novela. En estos momentos viaja como puede preparando sus próximos libros.