Los demás

Djokovic, como tantos deportistas malcriados, lo quiere todo. Quiere seguir siendo el número uno y que todas las organizaciones médicas del mundo bailen a su son.

Indudablemente, hay seres humanos que creen estar por encima de las realidades que afectan al resto de los mortales. En un mundo donde se ha demostrado sobradamente a través de la ciencia que las vacunas son la forma más razonable de luchar contra la pandemia, la actitud del tenista Djokovic dice mucho tanto del estado de su masa encefálica como del grado de preocupación que concede en su vida a las posibles complicaciones que pueda provocar a los demás.

Independientemente de sus creencias personales sobre las vacunas, lo que está claro es que el deportista conocía perfectamente las restricciones para viajar adoptadas por todos los países del mundo al respecto de los no vacunados. O sea, que sabía perfectamente que esto iba a pasar en un momento u otro, en un país u otro. Si no deseaba vacunarse a ningún precio, podía perfectamente haberse tomado un año sabático para entrenar y mejorar su juego y esperar que pasara todo sin viajar. Pero Djokovic, como tantos deportistas malcriados, lo quiere todo. Quiere seguir siendo el número uno y que todas las organizaciones médicas del mundo bailen a su son. Como tiene mucho dinero, no le importa crear un montón de complicaciones a abogados, funcionarios, sanitarios y a todo el mundo en general que haga falta.

Obviamente, nadie en su sano juicio perdería el tiempo discutiendo de ética, estética y ciencia con un energúmeno de casi dos metros que lo único constructivo que parece saber hacer es dar golpes con un palo a una pelota. Probablemente tenga otras facetas positivas escondidas, pero debería mostrarlas urgentemente. Lo que es grotesco intelectualmente es darle categoría de conflicto diplomático a todo su asunto. Con tropas rusas masivamente acampadas ante la frontera de Ucrania, China acabando con las libertades en Hong-Kong y cinco millones de muertos por la Covid, ocuparse de imbecilidades no es cosa de la diplomacia. No vale la pena convertir en mártires a simples antivacunas ignorantes.