El divorcio del gobierno de coalición

Tomás Gómez

En el conflicto ucraniano, Sánchez se ha barnizado con la responsabilidad del Estado. Eso siempre es bueno para un partido de gobierno, la mala noticia es que le han salido algunas grietas.

La primera, viene dada porque su decidida predisposición a acompañar a Biden hasta donde haga falta, contrasta con las reticencias de los principales países europeos. Tampoco beneficia la imagen de ninguneo que se ha percibido cuando los norteamericanos le han excluido de la primera tanda de contactos con potencias europeas.

Los beneficios de estrechar lazos con el otro lado del Atlántico siempre son mermados por las reticencias que EEUU genera en buena parte de la sociedad española.

Según evolucione el conflicto ucraniano, en los próximos días, puede convertirse en el tema estrella de la política nacional y, si la sangre termina llegando al rio, estará cerca la firma del acta de defunción del gobierno de coalición.

La izquierda social se dividirá en el clásico debate entre partidarios de asumir mayores compromisos con la OTAN y el nuevo “No a la guerra” que quedó instalado en la opinión pública desde Irak y el trio de las Azores y que se agrupa en torno a la bandera pacifista.

Podemos puede equivocarse si su discurso traspasa la mera posición anti militar y termina demasiado cerca de los intereses rusos. Ese fue el handicap del Partido Comunista heredado por los morados.

Aunque Sánchez intenta siempre aprovechar los contratiempos para sacar ventaja política, en esta ocasión no es tan fácil porque no tiene ningún control del tablero de juego y, además, sus intereses no están alineados completamente con la UE.

Por otra parte, los problemas del precio de la luz, la política de vivienda y el efecto de los fondos de recuperación siguen encima de la mesa. Mal momento para medirse en las urnas.