Carnés de patriota

Son los asuntos que preocupan a los ciudadanos los que deben ocupar a los políticos

Enrique López

Ortega identificaba el patriotismo con un recuerdo asociado a un «goce por la reminiscencia de un pasado esplendoroso», mientras que la palabra patria la entendía, más bien, como «lo que por las noches pensamos que tenemos que hacer el día siguiente». De esa forma, el gran pensador de lo español introducía el patriotismo en el terreno de los sentimientos y el concepto patria lo circunscribía al de las acciones, en el sentido, tal como algunos lo entendemos, de «hacer país». Justamente a esto se refería hace pocos días el nuevo líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, cuando se refería a los carnés de patriota, reivindicando, precisamente, la necesidad de que los esfuerzos de la política española se orienten hacia el futuro en lugar de hacerlo hacia el pasado. Un aserto de cuya necesidad dieron prueba algunos diputados después de escuchar el discurso de Volodímir Zelenski ante las Cortes Generales esta misma semana. Unos por no aplaudirlo, como si le debieran algo a Putin, y otros por criticar que se pusiera como ejemplo un bombardeo que todos aborrecemos, con lo que dieron a entender torpemente que el odio o los actos criminales y violentos pueden ser más aceptable en unos casos que en otros. Es el problema de la pasión de radicales en la que están sumidas algunas fuerzas políticas españolas, con la complicidad, en el flanco izquierdo del tablero, de un PSOE entregado a su necesidad estratégica de polarizar nuestra sociedad como única forma de fidelizar sus votos. El caso es que unos y otros se empeñan en pisar las cenizas de un pasado sobre el que ya existe una reconciliación perfectamente institucionalizada, gracias a la generación de la Transición, que es una historia que sí conviene rememorar. Y omiten el cometido fundamental alrededor del cual debe girar la acción de la política, que es resolver los problemas del presente y acometer los retos del futuro. Ha llegado el momento de que nos empeñemos en la confección del futuro y pongamos coto al fanatismo dedicado a acrecentar odios y agigantar trincheras, en todo caso, no olvidemos que todas las víctimas merecen dignidad y justicia, al margen de la naturaleza de su verdugo. Porque es un bien moral hacerlo así, y también porque no serán los hechos de Gernika ni tampoco los de Paracuellos los que den de comer a nuestros hijos o los que mantengan las pensiones de nuestros mayores. Digámoslo claramente: son los asuntos que preocupan a los ciudadanos los que deben ocupar a los políticos. Nadie les vota para ser ingenieros sociales, dispuestos a imponer estrategias que se basan más en buscar problemas que en poner soluciones. Tras la reunión del Sánchez con Feijóo, ya tenemos algo claro, Sánchez no encuentra soluciones a los problemas y solo sabe buscar problemas a las soluciones que se le proponen. Desgraciadamente, Sánchez, que siempre tiene dificultades para distinguir enemigos de adversarios, rechazó una mano tendida al diálogo sobre los asuntos que importan a los españoles. Y sigue en lo mismo, que es una moción de censura al Estado y una agenda frentista, como le exigen sus socios radicales, imbuidos de su propio patriotismo, que otorgan todos los carnés, que no creen en una nación de ciudadanos libres e iguales, y con un programa completo de «deshacer país». Es una lástima que Sánchez, una vez más, no haya sabido leer el momento. Un grave error de apreciación que le acerca un poco más a su fin anunciado, que convertirá su etapa al frente del Gobierno en una reminiscencia, en un recuerdo, eso sí, de un pasado nada esplendoroso.