Palurdismo vocacional

¿Cómo evitar entonces que la inevitable democratización general del mundo promocione también al palurdo hasta importantes puestos decisorios?

Sabino Méndez

Ya sé que queda feo decirlo, pero he de reconocer que me lo estoy pasando en grande con las revelaciones que están apareciendo tanto en torno al espionaje golpista como en la federación española de fútbol. Seguramente, debería expresar mi repugnancia (y pueden contar con ella de antemano) pero he de admitir también que un hurgón sentido del humor que se halla en mí sobrepuja ese rechazo y consigue que me crujan las costillas de risa ante la indudable horterez –públicamente descubierta– de los protagonistas.

No dudo yo que, en los tiempos actuales, usando modos y maneras más que discutibles, los palurdos puedan ganar muchísimo dinero y acceder a puestos de popularidad y poder indiscutibles. Pero escucharlos hacerse la rosca a sí mismos e intercambiar halagos, pensando que quedará en privado, es para desternillarse. Son peloteos donde la cursilería de coleguilla (diminutivos incluidos) tiene aquel mismo tono casposo y cutre que Berlanga parodiaba en «la escopeta nacional». El mundo del que se rodean es tan zafio como egoísta y aprovechado; un mundo inservible para nuestros descendientes. ¿Cómo evitar entonces que la inevitable democratización general del mundo promocione también al palurdo hasta importantes puestos decisorios? La marea es imparable, pero queda una posible línea de acción que merecería no caer en el olvido: la de recordar a los jóvenes que el palurdismo y la corrupción pueden refinarse y corregirse. Por ejemplo, cuando los demagogos quieran hacernos creer que se ha espiado a todos los catalanes recordémosles que no es así y que unos pocos independentistas no tienen el derecho de hablar en nombre de todos los catalanes. Cuando los Rinconete y Cortadillo del fútbol intenten convencernos de que sus beneficios estrictamente individuales eran por el bien de todos, recordémosles también que sus chanchullos personales poseen la dimensión social que tendría una huelga de avistadores de ovnis. Es decir, algo tan innecesario que, de no existir, no hubiera cambiado ni un ápice nuestras vidas.