La fuga de Sanxenxo

Pretende Don Juan Carlos andar por ahí como si tal cosa y recibir dinero de las arcas públicas como si fuera Mikel Antza

El Rey Juan Carlos, en una imagen de archivo
El Rey Juan Carlos, en una imagen de archivo FOTO: Javier Lizón EFE

Notas del 16 de mayo, día dos después del Chanelazo. Yo era de Rosalía y después, de Margarita Robles, mi última y constitucionalista gran decepción. Hace semanas que soy de Chanel, diosa fenicia Astarté. Se quejan de que el ‘Slomo’ no tiene mensaje, pero a mí me parece una magnífica reflexión de cómo en 2022 el Monasterio de Igualdad de Irene y sus vestales pretenden tapar a una mujer porque enseña los muslos y mueve el bullarengue. Montero no quiere a Chanel, pero yo, sí.

Como no pudieron juzgarlo y meterlo en la cárcel, Don Juan Carlos lleva la cárcel consigo. El reo no puede pirarse y él no puede volver. Vendrá el sábado por Galicia como todo últimamente. La fuga de Sanxenxo es un Alcatraz inverso. Ojalá entrando por mar, como los Reyes Magos de Donosti, con el barco y la charanga. Lo esperarán los niños de la Transición con cincuenta y cinco años cumplidos y la magia hecha unos zorros.

A estas alturas ya todos saben que los reyes son Rufíán, Otegui y la de la CUP. En España gobierna un partido que sueña con la guillotina para los Borbones, pero diplomacia para Vladimir Putin. Pretende su Majestad andar por ahí como si tal cosa y recibir dinero de las arcas públicas como si fuera Mikel Antza.

Claro que el Rey debe volver a España, no se va a morir por ahí en el exilio. Bien pensado, se podría dar el caso que volviera Puigdemont antes de Don Juan Carlos. La cosa es que el Rey emérito no puede andar por las calles de mi Españita del desencanto, ya solo se hacen homenajes a los etarras.