La arbitrariedad del Santo Padre

«Detesto su populismo, su desinterés por España y un revisionismo sustentado en la ignorancia histórica»

Francisco Marhuenda

Hay que reconocer que las decisiones del Papa Francisco son tan sorprendentes como injustas y arbitrarias. No tengo nada que ver, ni directa ni indirectamente, con el Opus Dei, pero su decisión de enmendar lo que estableció San Juan Pablo II muestra la poca simpatía que tiene por esa institución de la Iglesia. No hay ninguna razón objetiva que justifique tamaño despropósito, más allá de las excéntricas fobias de un Papa jesuita por el que ni siquiera los jesuitas sienten simpatía. La condición de católico me otorga una enorme libertad para opinar e, incluso, criticar las decisiones que adopte el Santo Padre cuando no afectan a la fe. En este caso, se trata de cómo está reorganizando la Iglesia en contra de lo que hicieron San Juan Pablo II o Benedicto XVI. No me gusta este Pontificado, porque detesto el populismo, su desinterés por España, un revisionismo sustentado en la ignorancia histórica y un indigenismo mal entendido. Esta permanente obsesión por enmendar lo que hicieron sus antecesores o rendirse ante los que fueron considerados herejes y provocaron un daño profundo a la Cristiandad es incomprensible.

En estos años no ha tenido tiempo para visitar España, que es uno de los países católicos más importantes de la Historia. Ni siquiera cuando se celebraba el aniversario de Santa Teresa de Jesús. Este desinterés es tan lacerante como indicativo de su peculiar visión del papel de la Iglesia en estos tiempos. No tiene ni la altura intelectual de su antecesor ni el carisma arrollador y la visión histórica del Papa polaco. La Iglesia es una obra de Dios dirigida por hombres que algunas veces se equivocan. Afortunadamente, los aciertos a lo largo de la Historia han sido enormes y su legado es el fundamento de Europa y su civilización, así como de una evangelización, que por lo visto no le complace y anda pidiendo perdón, que ha permitido un mundo mucho mejor. No me sorprende que se sienta muy cómodo con el peronismo o su lamentable evolución hacia el kichnerismo. Ha aplicado una serie de medidas para imponer sus ideas, que son tan políticas como mundanas, que no se aplica para sí mismo. Entiendo que un Papa pueda enmendar a un antecesor cuando la realidad lo hace necesario, por las razones que sean, no lo entiendo cuando es la expresión del desafecto que siente por otros carismas.

Era muy significativo que no hubiera otorgado la condición de obispo al prelado del Opus Dei, uno de los movimientos más importantes de la Iglesia, y ahora sabemos la razón. No me sitúo, para nada, en el sector conservador del catolicismo, más bien todo lo contrario, pero siempre he rechazado y seguiré rechazando la injusticia y la arbitrariedad. La llegada del cardenal Jorge Bergoglio al solio pontificio me gustó mucho, pero no tardé, tras ver su simpatía por Cristina Kirchner, en sentirme triste y luego defraudado. Mi actitud crítica ha tenido como consecuencia que me convirtiera inmediatamente en un proscrito en los medios de comunicación de la Iglesia. Los pelotas papales, que poca o ninguna simpatía sienten por él, decidieron ser más papistas que el Papa. He de reconocer que me resulta indiferente y nunca he querido rectificar mi posición crítica. Por supuesto, poderoso señor es don dinero. Hay que hacer méritos para complacer al obispo de Roma, aunque sea muy falible en sus decisiones humanas, y a sus representantes en España.

La independencia es fundamental. La puedo ejercer sin tener que decir o escribir aquello con lo que no estoy de acuerdo. Los que se pliegan ante decisiones injustas deberían tener más presente a Jesucristo. Me temo que muchos de ellos tienen un conocimiento superficial de las Santas Escrituras. Como historiador, tras observar atentamente las decisiones del Papa Francisco, me pregunto qué tenemos que hacer con la obra de sus antecesores. ¿Se les puede criticar o enmendar, pero en cambió con él tenemos que prestarle una fe ciega? ¿Es el único que está en posesión de la verdad revelada? ¿Hemos de tirar a la papelera la doctrina de los Concilios? Más allá de abandonar las dependencias papales para trasladarse a Santa Marta, estar siempre dispuesto a buscar la simpatía de los periodistas anticatólicos y de izquierda radical, ignorar a España o excluir y marginar a los que no le caen simpáticos, no sé cuál es la obra y el legado del Papa Francisco.

Desde el primer momento he seguido con gran interés su labor, esperando que fuera el sucesor de San Pedro que necesitaba la Iglesia en estos tiempos tan aciagos, pero me siento muy defraudado. Es verdad que consigue el aplauso de los que nunca irán a una iglesia, de los ateos y los populistas, pero se equivoca. No es el camino. Es posible que finalmente consiga el control total, como parece que busca con los nombramientos que hace, pensando en su sucesión y en organizarla de acuerdo con su peculiar visión. Espero que se lleve una sorpresa y cuando ese momento se produzca contemos con un Papa realmente progresista, con la solidez intelectual y el carisma que necesita el catolicismo para conseguir que la obra de Dios avance por el bien de la Humanidad. El mundo no necesita más populistas, ya sean políticos o Papas, me es indiferente, sino visionarios excepcionales al servicio del hombre. La Historia del Papado nos muestra que un Santo Padre equivocado en sus decisiones, adoptadas a veces por motivaciones excesivamente humanas, es sucedido por otro que encamina la Iglesia por el recto camino al servicio de la Humanidad. El Papa debería reflexionar por qué la Iglesia retrocede y consigue solo el aplauso de aquellos que querrían destruirla. Mientras siga empecinado en el populismo y la arbitrariedad le criticaré respetuosamente, haciendo uso del libre albedrío, y siguiendo lo que muchos han hecho desde Jesucristo hasta nuestros días.

Francisco Marhuenda es catedrático de Derecho Público e Historia de las Instituciones (UNIE).