Isabel Díaz Ayuso

Gallegos

En la izquierda, Yolanda Díaz es, para quien tuvo a bien nombrarla sucesora, Yolanda «la blanda» (feliz hallazgo del matinal Alsina), un personaje que se aleja de las estrategias maximalistas de Podemos

Dicen de los gallegos que cuando te los encuentras en una escalera no sabes si están subiendo o están bajando. Dibuja también el tópico al gallego siempre preguntando y nunca revelando sus cartas. Debe ser rasgo de carácter que imprime la tierra, el pragmatismo y la astuta discreción que comparten los gallegos que se comprometen con lo público y entran en política. Casi todos los que puedo llevar ahora a mi memoria reúnen esa condición de leer muy bien los mapas y no destapar nunca su jugada. Pero la astucia política puede encontrarse, y más en este tiempo de banalidad y principios todo a cien, con la mirada torva y la acción resistente de los propios compañeros de viaje. De hecho, a dos gallegos de pragmática inteligencia les está comiendo el terreno y cercenando futuro el fuego amigo perfecta y concienzudamente dirigido. Quizá en el caso de Núñez Feijóo con menos intención de perjudicar o detener y más de corregir y reorientar. Pero a Yolanda Díaz, los de su bancada, y en particular quien la señaló con su dedo mayestático como sucesora, el hiperlíder Pablo Iglesias, le están haciendo la vida política imposible.

Isabel Díaz Ayuso parece claramente decidida a impedir que Feijóo imprima al Partido Popular una tensión más moderada que le permita hacerse un hueco en el centro que dejó libre la ambición ilimitada de Rivera. Su presión hizo naufragar el acuerdo sobre el Poder Judicial y sus declaraciones comprometen la cuidada moderación que cultiva el nuevo líder. En la izquierda, Yolanda Díaz es, para quien tuvo a bien nombrarla sucesora, Yolanda «la blanda» (feliz hallazgo del matinal Alsina), un personaje que se aleja de las estrategias maximalistas de Podemos y las rutas trazadas por el conducátor en la sombra. La Blanda no se bate por la Ley Trans, ni disputa acaloradamente por los gastos en Defensa, ni llama fachas a los del Ibex, y hasta es capaz de reunirse con ellos. Ahora Iglesias la ha desheredado, pero me pregunto si cuando pensó en ella como su sucesora al frente del Imperio de la Izquierda, no veía ya las trazas «blandas», el escoramiento al diálogo o la lejanía de los dogmas comunistas de esta abogada que con tanta maestría oculta su enorme ambición. La respuesta es que sí, claro. Las veía, pero en su omnipotencia, el conducátor no pensó que se le iba a escapar la heredera.

Podemos ha naufragado desde entonces, casi más que con Iglesias, en su travesía por la gestión de gobierno. Con la excepción de la Blanda y quizá su compañero Garzón, aunque tampoco hay mucho material para juzgarle. Ni el brío de la fogosa Montero saca adelante con bien sus leyes y las que han puesto en vigor naufragan en la burocracia. No han conseguido cambiar el país ni mejorarlo, salvo en estrépito y burocracia. Y hoy sabe Iglesias que, si la Blanda toma el mando y acude coronada a elecciones, Podemos será capítulo cerrado en la historia de la izquierda española.

Me malicio que quien más podría celebrar el freno que los suyos ponen a los gallegos, es un Pedro Sánchez que a quien la acción depredadora entre sus adversarios y sus socios le deja libre un amplio hueco de centro y de izquierda para expandirse y crecer. Tiene un año y debiera aprovecharlo para avanzar por ahí. Aunque, claro, tratándose de quien se trata, es posible también que desprecie tan evidente oportunidad. Cualquiera sabe.