Tribuna

Carnac y el honor de las piedras caídas

Los treinta y ocho caídos en Carnac bien merecen ahora que sigamos indagando. Se lo debemos. En realidad, nos lo debemos.

La última vez que caminé entre las desconcertantes avenidas de menhires de Carnac fue en agosto de 2018. Un drama reciente acaba de devolverme ese recuerdo. Acompañaba entonces a un grupo de lectores de Las puertas templarias, mi novela sobre las misteriosas orientaciones astronómicas de las catedrales francesas. Aunque Carnac no estaba entre ellas, añadí esa parada a nuestro plan de viaje porque aquel remoto pueblo de la Bretaña era -y aún lo es- uno de los lugares más intrigantes del mundo. De hecho, alberga la mayor colección de piedras prehistóricas alineadas que se conocen. Levantadas en el Neolítico, sus estelas se consideran vestigios fundamentales para estudiar el origen de la civilización. Los arqueólogos calculan que solo en un área de ocho kilómetros de largo hubo hasta diez mil. Hoy apenas sobrevive una tercera parte. Siguen en pie en sus hileras originales, como si fueran un ejército que esperara una orden para moverse. Por eso, cuando hace unos días escuché lo que les había pasado, me aferré a la agradable impresión de aquella visita para sobrellevar el impacto.

La noticia era descorazonadora. A principios de junio, treinta y ocho de esas piedras sucumbieron al envite de los bulldozers que levantan una macrotienda de bricolaje. Las fotos espeluznan. Lascas de granito que hasta ayer descansaban en mitad de la campiña, yacen ahora unas sobre otras, como cadáveres al raso, rodeadas de palés y de montones de tierra removida. ¿Cómo es posible que algo así ocurra en Francia, un país que defiende su patrimonio con uñas y dientes?

Lo que más me ha extrañado, no obstante, ha sido la pasividad de los grandes medios internacionales. Tal vez los 2.934 menhires censados en Carnac hacen insignificantes unas pocas bajas para un buen titular. Pero suena absurdo. Quizá su apatía se deba a que las «víctimas» han caído fuera de las cuatro grandes áreas acotadas de menhires -Le Ménec, Kermario, Kerlescan y Le Petit Ménec-, en una finca privada situada en el camino a Montauban. Pero, en ese caso, hablaríamos también de desdén. El asunto es grave. De hecho, el ayuntamiento de Carnac concedió su permiso de obras a «Mr. Bricolage» hace solo diez meses y cuando vio la «masacre neolítica» en las redes sociales, se limitó a declarar que aquellas piedras «no tienen un valor arqueológico importante».

¿En serio?

Christian Obeltz, el arqueólogo local que ha denunciado la situación, anda indignado estos días. Aunque las piezas arrancadas son pequeñas -de no más de un metro de altura, frente a los seis de algunas de sus «hermanas»-, se cuentan entre las más antiguas: tienen entre 7350 y 7500 años. El alcance del desastre solo se comprende si consideramos que ese término municipal es un puzle prehistórico que dista mucho de haber sido armado. Cada pieza es esencial para darle sentido. Y no todas están en las zonas arqueológicas protegidas que visitan los turistas. Sin ir más lejos, hasta 397 menhires «nuevos» se han inventariado últimamente entre Carnac y Morbihan, dispersos entre 27 pueblos más. UNESCO se plantea proteger el área con esos datos, acabando con la especulación inmobiliaria y los permisos urbanísticos abusivos.

También escuece que, junto al aumento exponencial de piedras a proteger, los expertos no solo no se pongan de acuerdo sobre la clase de obsesión que llevó a generaciones de humanos a crear esas avenidas, sino que tampoco atisben para qué sirvieron. Los hay que proponen que fueron balizas para guiar procesiones de peregrinos por una tierra liminal, sagrada, que creían a medio de camino entre lo humano y lo divino. Otros, como el arqueoastrónomo Alexander Thom, apuntan a que quizá se utilizaron para vigilar las fases de la Luna. Incluso se ha llegado a sugerir que sus sombras integraron un calendario que marcó las épocas de siembra, germinación, floración y cosecha. Si apenas una de estas hipótesis fuera cierta, perder una sola de esas rocas sería como dejar que desaparecieran las manecillas, ruedas dentadas o tornillos de un valioso engranaje que podríamos reconstruir.

Por desgracia, semejante ceguera no es nueva. En la Edad Media los habitantes de Carnac atribuyeron las piedras a bromas de kerrigons, crions o gorics, duendes danzarines que vivían dentro de los menhires. Por eso tumbaron muchas de ellas. Otros, en cambio, creyeron que eran legionarios romanos petrificados por un hechizo de san Cornelio, un papa del siglo IV que había recurrido a una vieja maldición para detenerlos. El caso es que, sea por desconocimiento o por fanatismo, los menhires llevan siglos siendo diezmados.

Solo una cosa me consuela: al menos ahora sabemos que Carnac no es un unicum arqueológico. El mismo año de mi último paseo por Le Ménec se descubrieron cerca de Ayamonte, en Huelva, 526 menhires alineados y en buen estado de conservación. Emplazados en un campo de aguacates, fueron levantados a más de mil setecientos kilómetros de Carnac, en la misma época que los franceses. Su estudio está en marcha y quizá despeje algunas de las perturbadoras dudas que evocan ambos parajes: ¿existió una cultura atlántica común que justifique alineamientos tan dispersos? ¿Pudieron ser obra de pueblos con una misma religión? ¿Qué buscaron al disponer sus agujas de piedra sobre campos de labranza? ¿Y por qué los abandonaron?

Los treinta y ocho caídos en Carnac bien merecen ahora que sigamos indagando. Se lo debemos. En realidad, nos lo debemos.