400 años de tradición y polémica

La Razón
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Cuando Felipe II estableció la Corte en Madrid, se encontró con una villa provinciana y carente de grandes proyectos urbanísticos. Su principal mercado estaba establecido en la zona del lago del Arrabal, que mandó desecar para que se construyera una plaza digna, acorde con las exigencias de una ciudad moderna y presentable. Pero fue Felipe III quien ordenó que se construyera la plaza, tal y como ahora la conocemos, proyecto que encargó al arquitecto Juan Gómez de Mora, un espacio de 434 pies de longitud, 334 de latitud y 1.536 de circunferencia, con 136 casas y espacio para 50.000 espectadores.

El próximo año se cumplirán cuatrocientos años del inicio de las obras, una plaza que ha estado sometida a distintos nombres a lo largo de la historia, en función de los acontecimientos, de los regímenes políticos y de otros avatares. Se llamó plaza del Arrabal, y después, de la Constitución, Real, de la República y de Calvo Sotelo, hasta recuperar el nombre actual de Plaza Mayor.

Por este lugar emblemático de la villa han pasado cuatrocientos años de la historia de Madrid. Desde el siglo XVII hasta principios de XX, se convirtió en el cogollo de la actividad política, social y recreativa de la ciudad. En esta Plaza Mayor se celebraron proclamaciones y fastos reales, autos de fe, ejecuciones públicas, corridas de toros, juegos de cañas, revueltas, motines, mercados, ferias y certámenes.

En ella, el pueblo asistía a las ejecuciones públicas sentenciadas por el tribunal de la Santa Inquisición, con el mismo entusiasmo que iban a los espectáculos taurinos. Los propietarios de los balcones de las casas tenían la obligación de cederlos para que los invitados de la Corte presenciaran los festejos, incluso en algunas ocasiones los propietarios tenían que pagar por ser espectadores desde sus propios balcones.

Por la Plaza Mayor pasaron los primeros carruajes de postas y los primeros tranvías tirados por caballos, primero, y eléctricos después. En ese punto se establecieron los comercios más tradicionales y hasta varios cafés, en uno de los cuales se reunía el bandolero Luis Candelas con sus secuaces para perpetrar sus fechorías.

A lo largo de cuatrocientos años, la Plaza Mayor ha sufrido tres incendios devastadores, en 1631, 1672 y 1790, que asolaron varios inmuebles, entre ellos los dos más emblemáticos: Casa de la Panadería y Casa de la Carnicería. Estos siniestro provocaron en cada momento que se modificaran las ordenanzas municipales para prevenir los siniestros, aunque un siempre se cumplieron las normas y el fuego hizo de las suyas en el patrimonio inmobiliario, pero sobre todo, se llevó la vida de varios vecinos y personas que ayudaban en la extinción con escasos medios y la falta de agua suficiente, sobre todo a raíz de desecar el lago sobre el que se había construido la plaza. Quizá la anécdota más curiosa sea la del momento en el que se descubrió que en el interior de la panza del caballo de Felipe III, en el centro de la plaza, había un cementerio de gorriones. Se colaban por la boca del equino y después morían atrapados en su interior. Fue entonces cuando se selló la boca del caballo.

Tras el último gran incendio de 1790, la reconstrucción le fue encomendada al arquitecto Juan de Villanueva; después, la plaza ha sufrido reformas y obras de consolidación, debido al desgaste de las estructuras de los edificios, a la erosión y los desperfectos ocasionados por el paso del tiempo. Algunas de esas obras han sido polémicas, sobre todo cuando se construyó el aparcamiento subterráneo, y otras han tenido que ser consensuadas con vecinos y comerciantes. Hace tres años se puso en marcha un ambicioso plan de rehabilitación para disponer como se merece la celebración de su cuarto centenario, obras diversas y de amplio presupuesto y, como siempre, sometidas a diversos criterios y polémicas. El edificio de la Casa de la Carnicería, que fuera sede de la junta municipal de Centro será un hotel de lujo, explotación ya adjudicada a concurso público.

Decían los clásicos, que en la Plaza Mayor siempre se encontraba el visitante alguna sorpresa, y no siempre agradable. Parece que la tradición continúa.