A por todas

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La llamada telefónica que ha tenido lugar entre Donald Trump y la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, no es el resultado de la precipitación ni una mera imprudencia. Tampoco es la expresión de la ingenuidad. El presidente electo de Estados Unidos sabe muy bien lo que hace y va a por todas. El populismo hace ruido y ahuyenta a sus oponentes a través de la estridencia y el rugido. Donald Trump no tiene miedo a las eventuales respuestas de China porque sabe que este país no va a reaccionar y lo único que puede obtener Estados Unidos son beneficios en sus relaciones con Taiwan. La moderación está reñida con los nacionalismos y los populismos y, en la sociedad internacional, en estos momentos, se valoran muy positivamente las posiciones de este tipo. El próximo presidente de Estados Unidos está aprovechando sus oportunidades y cuenta, para ello, con el apoyo de la sociedad norteamericana. Cuanto más alejado de la prudencia, mejor para sus intereses. La diplomacia debe ser verbal, gestual, agresiva y asustar al adversario: ésta es la máxima de Donald Trump. No hay enemigo grande ni pequeño. Todos deben reconocer el poder de quien más gesticula, grita y se expresa mediante aspavientos. La tradicional política norteamericana en relación con el conflicto de Taiwán, en la que primaban la estabilidad y la cautela, ha sido abandonada y es muy posible que, a corto plazo, no produzca ningún tipo de consecuencia perjudicial para Estados Unidos. China se ha asustado, como están acobardados la mayor parte de los países del planeta. La combativa política exterior que va a practicar Donald Trump está previsto que le otorgue relevantes rendimientos. No hay adversario que se atreva a enfrentarse y que contradiga una política así. El «nuevo» Estados Unidos tiene todas las de ganar. La disparatada política exterior norteamericana camina en dirección al triunfo. Sólo hay una dificultad de consecuencias imprevisibles: que surja, en la escena internacional, un adversario que gesticule más que Donald Trump.