Acosos y abusos en la música

La Razón
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Hace pocas semanas era noticia un caso de acoso sexual en Hollywood, al que inmediatamente siguieron otros. Y del cine, a la música. En el mundo clásico el más difundido ha sido el de James Levine. De la presunta actitud de Levine con los jovencitos se ha especulado siempre. Incluso algún espectador le acusó a gritos cuando salió al foso del Met para dirigir. Nadie hizo caso. Ahora, los mismos que entonces miraron a otro lado se echan las manos a la cabeza y Levine es expulsado como un apestado, mediando solo acusaciones de sucesos de hace tres décadas sin un juicio que los confirme. ¿No es extraño que uno de los acusadores afirme que los abusos empezaron cuando tenía 15 años, en 1985, y continuasen hasta 1980, cuando ya tenía 23? El tema no es nada nuevo. El pianista James Rhodes ha narrado en un libro las violaciones a las que fue sometido de niño. Peter Martins, director del ballet de NY, ha tenido que solicitar una licencia laboral para defenderse de acusaciones enviadas anónimamente. De un estudio difundido por la BBC se desprende que existe un «alto nivel» de acoso sexual en la música clásica, fundamentalmente en orquestas, pero también en escuelas. Una encuesta de «Arts Professsional» desvela que de 800 encuestados, 500 habían sufrido acoso. Profesores de música en Valdemoro, Murcia y Córdoba fueron detenidos por supuestos abusos a menores. Todo ello muy lamentable. Ahora bien, el mundo artístico es muy propicio a estos casos y también a otros. Jóvenes que se acercan a personas con peso, artistas o gestores, buscando apoyos para sus carreras. ¿Quién de ambos empieza una relación? Con frecuencia no está tan claro. Es muy fácil acusar posteriormente si los objetivos no se cumplen. Imaginemos un ejemplo, el de un joven aspirante al atril de una orquesta, cuyo director titular no le admite y busca refugio en el gerente de la misma, entrando inapropiadamente en un mundo de almuerzos con artistas, viajes, etc. y prestando servicios esporádicos mientras confía en una nómina. ¡Qué fácil sería una acusación de acoso si el gerente termina por no influir en su contratación o acaba con las prebendas por el escándalo dentro de la orquesta! O el caso de la soprano que, para hacerse un nombre, acusa al tenor de querer sobrepasarse con ella en las escenas amorosas. En medio de este mundo aborrecible, hay también anécdotas más frívolas. La de aquella célebre mezzo que, cuando cantaba la «Habanera» de «Carmen», iba toqueteando los pechos a las coristas. O aquella otra, no menos célebre, que se prendó de un bombero del teatro y exigió que le proporcionasen una cita con él o no cantaba y el teatro pagó al bombero. Totalmente en contra de acosos, pero no se puede destrozar un nombre sin una sentencia previa. Dejemos a «Peter Grimes» o «Billy Budd» como libretos de ópera y no hechos reales.