Acta de defunción

Están a punto de firmarla quienes se presentaron en su momento como estandartes de la regeneración democrática, como los campeones del sometimiento a la voluntad y el interés y el sentir de la sociedad civil. Y, ¡¿ahora qué?! Pues de momento, nada de nada, hasta que no mueva ficha la lideresa.

Y ése es el quid y el problema medular aquí. Rosa Díez debe entender que el partido no es de su propiedad, que ella no es nueva en política, que los tiempos están cambiando, que puede haber propuestas de liderazgo distintas y diferentes a la suya (¡incluso mejores!), que tras una brutal derrota electoral hay que cambiar el paso...

¿Lo va a hacer? Parece evidente que no. Porque lo que la histórica militante y dirigente del PSOE propugna pasa por la ausencia de autocrítica, por pegar una patada adelante y seguir la jugada... ¡se le ha visto el plumero! Sí, se ha presentado como algo más que una portavoz. En realidad hoy ya se perfila a los ojos de demasiados de sus militantes y volantes y simpatizantes como una profesional de la vieja escuela, incapaz de escuchar o mirar o atender. Y, honradamente, se veía venir.

Ya se sabe que esta señora no se ha planteado dimitir. Y lo mejor que se puede decir es que quizá debería estar buscando la papelera en la que arrojó el papel con el número de teléfono de Albert Rivera. Le desoyó. Le menospreció. Lo hizo una y otra vez. Desde posiciones de soberbia y arrogancia. Sin fundamento y con ceguera. Doña Rosa, ya es tarde para casi todo, salvo para que usted dé un elegante paso hacia el lado o hacia atrás. ¿Cuántos más –como usted– lo dudan?