¡Al PSOE que le den por...!

Sucedió hace unos días. Me encontraba en una comida con distintos autores que habían acudido a firmar a la Feria del Libro. Enfrente de mí, uno de ellos, siempre cercano a la izquierda, espetó a voces a un editor: «¿Que hay que salvar al PSOE?... ¡Al PSOE que le de por...!» y ya se imaginarán ustedes el resto de la frase. Tengo la sensación de que hay millones de españoles que abrigan ese mismo sentimiento. Para buena parte de la derecha, la desaparición de un PSOE que ha ocupado el poder durante la mayor parte de la democracia y que –no cabe negarlo– ha contribuido no poco a erosionarla, la desaparición parece un regalo de la Divinidad. Pero sucede lo mismo en la izquierda. Ciudadanos –que ha decidido que es de centro-izquierda– sueña con quedarse con una parte de los despojos siquiera en Cataluña; UPyD –que también nos ha descubierto que es de izquierdas– desearía sucederlo y no hablemos de IU o de Podemos que están convencidos de ser la izquierda fetén y, por lo tanto, la que debe absorber los millones de votos que tradicionalmente se han dirigido al PSOE. Da la impresión de que si el PSOE desapareciera, una amplísima mayoría de los españoles no lo lamentaría. Yo no lo veo con tanta claridad. Es cierto que preferiría un panorama político como el norteamericano donde el pragmatismo y la sensatez ha llevado a que sólo existan dos partidos, uno de derechas y otro más de derechas, pero soy lo suficiente realista como para comprender que en Europa la socialdemocracia tiene un cometido que incluso tiene posibilidad de resultar positivo. Además las formaciones que podrían sustituir al PSOE o me inquietan o me suscitan demasiados interrogantes. Para remate, la idea de un PSOE debilitado aliado con IU y Podemos como paso previo a nuestro abandono del euro resulta escalofriante. Ignoro si el PSOE puede regenerarse –hasta ahora ha demostrado que sólo sabe ir a peor– y confieso mi escepticismo hacia un conjunto de candidatos que van de lo disparatado a lo rancio pasando, en el mejor de los casos, por lo ignoto. Pero yo no puedo suscribir el veredicto de la persona citada al inicio de este artículo –persona, por cierto, que se ganó su repercusión social en un holding más que favorecido por el PSOE– y no puedo hacerlo porque, en política, aborrezco los bandazos, los sobresaltos y los experimentos. Siquiera porque me consta que siempre los pagan los inocentes.