Aquel disparo en Dallas...

Yo tenía catorce años, era viernes por la tarde y en el pan de la merienda ocurrían apenas el trigo, la levadura y las hormigas. En una gotera del baño cojeaba el tiempo. Mi padre dormía la siesta con los zapatos puestos y un libro abierto sobre los ojos. La radio estaba puesta y yo la escuchaba como cada tarde desde el otro lado del tabique, mientras en la respiración de mi padre frenaba el silencio contra los goznes gomosos de un catarro. De repente, en la garganta de la siesta sonó atragantado el ábaco de un disparo lejano en Dallas. Las noticias se suceden confusas. El presidente John F. Kennedy ha sido tiroteado y agoniza en el Hospital Parkland, en Fort Worth. Mi padre carraspea con la novedad y la vecina del primero suelta en su orinal un chorrito de urea que suena como una ocarina sumergiéndose pegada a un calamar en el piélago de una vejiga de ebanista que estuviese infectada por la tinta del castaño. Es media mañana en Dallas, Texas, y media tarde en España, aquel país en el que incluso eran marrones las camisas blancas. John Kennedy agoniza con el rostro encerado por la luz trigueña de la radio de madera de mi padre. El fontanero no ha venido a reparar la avería del baño y aquel americano alto, jovial y carismático se desangra, croando como una carambola de linfa y marfil, en la onomatopeya del grifo que no cierra. ¿Cuántos disparos? Ni se sabe. ¿Un francotirador? Han detenido a un tal Lee Oswald, un tipo más flaco que su rifle. Al porte de Jackie Kennedy dicen que le sienta como alta costura la sangre del presidente. Cae la tarde en el dial encendido de la radio de madera y en Forth Worth acaba de morir aquel tipo apuesto y fotogénico, culto y desenvuelto, que leía a Platón con sonrisa de galán, gafas de sol y suéter de tenista. Fue hace cincuenta años, cuando aún nos parecía compota de manzana la luz del cine...