Banderas y banderizos

La eclosión de banderas recuerda las guerras medievales de banderizos, de clanes, que por siglos ensangrentaron banalmente el norte de España. Es asunto, además, de morería, de cuando los árabes introdujeron la seda para sus enseñas. Al menos Felipe VI ha introducido el granate genuinamente monárquico en su nuevo guión. Descartando la Historia que conlleva no hay nada más relativo e instrumental que la bandera nacional. En 1785 los ópticos navales de Carlos III buscaban una combinación de colores para el torrotito, que identificara fácilmente los navíos propios entre las brumas para sostener la formación, y dieron que el rojo, amarillo y rojo en tres franjas se veía mejor al catalejo. Aquel Rey ilustrado extendió la tricotomía al Ejército y el país. La I República intentó cambiar lo que era un eficaz código de señales resignándose al pendón consuetudinario. La II República incluyó el morado del pendón de Castilla recordando a los comuneros perdidos en la campa de Villalar ante Carlos I. Como la Diada, es celebrar agoreramente una derrota. El general Mola, que organizó el golpe del 36, y no Franco como erróneamente se supone, se alzó en Pamplona con la bandera de la II República que los carlistas le hicieron arriar. El general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor republicano, escribió en su exilio boliviano que cambiar la bandera en 1931 fue una sandez. Lo inteligente es ser accidentalista respecto a la forma del Estado y su indicativo. En Buthan el monarca ha decretado el Producto de Felicidad Bruta, y salvo la monarquía tailandesa secuestrada por los militares desde tiempo inmemorial, las realezas son democráticas y prósperas, mientras la ingente nómina de repúblicas son un paisaje de corrupción y miseria. No se trata hoy de Monarquía o República sino de la mejor gestión del Gobierno aunque fuere bajo bandera blanca. La reverberación social, como la del aire, da espejismos, y creemos que de una bandera u otra caen taumatúrgicamente los dineros que nos faltan.