Bipartidismo en la Restauración

El siglo XIX es seguramente una de esas épocas convulsas de España en la que se entremezclan logros «a la española» con los pasos atrás a los que nuestra idiosincrasia nos tiene acostumbrados. Por un lado, con la configuración del Estado liberal, y con la igualdad jurídica de los ciudadanos impuesta por las leyes, se pone fin a privilegios otorgados por la injusticia de la cuna y de la Historia. Teóricamente, esos cambios sustanciales convierten al español en «ciudadano sujeto de derechos políticos», por lo que se puede afirmar que –sin los hechos cruentos de Francia– la Revolución francesa por fin había calado en las mentes de los políticos españoles. Por otro lado, los viejos «detentadores» de privilegios, los aferrados al «Ancien Régime», van a tener todavía unos momentos de esplendor con el nefasto Fernando VII, de infausta memoria.

Esto, muy resumido y sin el calado de un estudio reposado y con mucho mayor espacio del que aquí se dispone, proyecta un siglo de poco relumbre para los no especialistas. Sí hay un modelo que va a influir en los sistemas políticos del siguiente siglo: el bipartidismo, que va a formar parte de la cultura política de los españoles, salvo en las épocas convulsas de la II República y del franquismo. Y hay que decir, al menos a mi juicio, que estos modelos no son ni perversamente malos, ni extraordinariamente beneficiosos, porque son votados por los ciudadanos –en la España actual, claro– que prefieren aquel refrán tan español de «más vale malo conocido, que bueno por conocer».

Cánovas del Castillo introdujo este sistema de gobierno, fundamentado en la alternancia en el poder de los entonces dos grandes partidos dinásticos: el Conservador y el Liberal. Se aceptaba, y eso era casi novedoso en nuestra historia, que habría un turno pacífico de las dos grandes familias políticas españolas, lo que podría poner fin (en esto había algo de ingenuidad) a las tentaciones intervencionistas del Ejército pues, subordinado al poder civil, tendría menos excusas para alentar las figuras de «salvapatrias» tan del gusto de quienes creen tener siempre la razón y se sienten en poder de la verdad absoluta, pero que, curiosamente, la imponen por la fuerza de las armas y de la violencia. Así, y en la época de la Restauración, se eliminó el problema de las asonadas y pronunciamientos militares que habían protagonizado el reinado de Isabel II.

El panorama político de la época podría asemejarse mucho al actual. Veamos: existían dos partidos, que podríamos calificar como dentro del «Sistema»: el Conservador de Cánovas y Silvela, y el Liberal de Sagasta, Canalejas... Y, además, existían (fuera del «sistema») los siguientes: republicanos, entre los que se encontraban los «Posibilistas» de Castelar; los «Progresistas» de Ruiz Zorrilla; los «Unitarios» de Salmerón; y los «Federales» de Pi y Margall. Ultracatólicos: los «Carlistas» de Carlos VII; los «Integristas» de Nocedal; y la «Unión Católica» de Alejandro Pidal. Nacionalistas: «Catalanes», de Prat de la Riba; y «Vascos», de Sabino Arana. Y, por último, los Socialistas (PSOE) de Pablo Iglesias. Si los comparamos con el resultado que han provocado las Europeas, no debería sorprendernos porque los españoles se han caracterizado en estas cuestiones por un caleidoscopio de fuerzas dispares. Otra cosa es cuando se vota con el bolsillo («It's the economy, stupid», que se consagró en 1992 con Clinton), momento en que los españoles se lo piensan dos veces: los que piensan, of course, que son muchísimos más de los que creen los cómodamente instalados en los aparatos de los partidos políticos, pero de todos.

A la madre de Alfonso XII la echaron al grito de «puta» y otras lindezas, y a su hijo lo recibieron con el grito de «¡Viva la madre que te parió». Con este cacao mental que padecemos los españoles desde siglos, el bipartidismo no es, en absoluto, ni la panacea que cura todos los males políticos de nuestra sociedad, ni el mal que impide resolver nuestros ancestrales problemas. El problema no es de los sistemas políticos si estos son democráticos y votados por el pueblo, el problema es de algunos de los que se dedican al noble ejercicio de la Política, bien por su mediocridad, bien por su ausencia total de principios éticos.