Brotes rojiblancos

El fútbol profesional español está a punto de cerrar el mercado de verano con una inversión que recuerda tiempos de antes de la depresión y de la pertinaz sequía... económica, sin que ello lleve implícito el sello de la burbuja. A seis días de la clausura, sólo la Premier ha superado a la Liga en dinero para fichajes. Es lo que doña Elena Salgado llamaría brotes verdes por muy redundante que suene. Tan cierto como que quienes han tirado la casa por la ventana han sido los dos de siempre –huelga nombrar a Barça y Madrid, por orden de desembolso– más el sorprendente Atlético, flamante campeón de Liga y subcampeón de Europa, que se niega a ser estrella fugaz y levanta la Supercopa al vecino, que ya no estará tan crecido después de la colleja del Cholo. Las señales son de optimismo y seguro que a algún avezado economista el cacumen le anima a hacer la traslación del balompié hacia la coyuntura de un país que, según parece, y así nos dicen, empieza a ver la luz al final del túnel, ¡y qué túnel! Si esos clubes de fútbol empeñados hasta las cejas están cumpliendo escrupulosamente con los plazos establecidos por Hacienda y pactados con el Consejo Superior de Deportes y la Liga de Fútbol Profesional, es que el brote no es sólo una ilusión sino una realidad felizmente tangible, como la algarada atlética. Otro dato significativo y paralelo: hay más afiliados a la Seguridad Social, algunos parados menos y cientos de millones de euros para comprar futbolistas. Posiblemente se trate de indicadores positivos. Es lo que hay. Lo que no cambia es la afiliación cerril de quienes pasan por ser más madridistas que Bernabéu, más atléticos que Calderón o más barcelonistas que Gaspart. Las cataplasmas para bajarles la fiebre se las aplican los profesionales del balón. Ancelotti, atrapado en las procelosas aguas del avaro Di María y las sentencias del club, es uno de los que se atreven a llevar la contraria a corifeos y turiferarios. Pero más vale que se centre, porque ha sido señalado, y armonice raudo el fútbol del equipo, que no está a la altura del fabuloso elenco que dirige y que se diluye cuando le aprietan y se pierde con facilidad en la espesura. Ancelotti, responsable en cualquier caso de agitar la coctelera con la maestría que requiere la inversión, nunca habló de «sextete», palabro que suena peor por arrogante y soberbio que por lo que significa. Ni Ancelotti ni sus jugadores mentaron la bicha, que deja con los calzones a la altura de las corvas a quienes desde aquel histórico minuto 93 piensan que todo el campo es orgásmico. Simeone, avatar que empieza a parecerse peligrosa e inconvenientemente a Mourinho, los ha bajado del burro como el rayo a Saulo. La cruda realidad se impone.