Bye, Alfredo

En este tiempo de abdicaciones, la renuncia de Alfredo Pérez Rubalcaba escenifica el final de la generación de Felipe González al frente del PSOE. Algunos pueden abandonarse a la alegría, pero se abre para España un período de incertidumbre. No voy a prodigar falsos abrazos aquí, los españoles somos tristemente proclives a ensalzar al oponente cuando se retira. De hecho, Rubalcaba es responsable de algunas de las aportaciones menos felices, a mi juicio, del socialismo español. Era ministro de Educación cuando salió la Logse, que se cargó el nivel académico de las escuelas; fue el ministro de Presidencia encargado de tapar las vergüenzas de los Gal; en el 11-M inventó aquella tremenda frase: «Los ciudadanos se merecen un Gobierno que les diga la verdad» y, desde el Parlamento, pergeñó los acuerdos para que Zapatero sacase adelante el Estatuto de Cataluña. Como ministro del Interior, llevó a cabo las negociaciones con ETA. Estaba, en fin, detrás el chivatazo del Bar Faisán. Una joyita. Y, sin embargo, su marcha deja al Gobierno de España más solo que nunca. Jamás desde la transición había estado tan políticamente desmadejado el país. Y pocos asuntos tan graves se han afrontado –tal vez el golpe de Estado– como la secesión catalana. Para afrontar los desafíos, Mariano Rajoy necesita una nación fuerte, capaz de respaldar sus decisiones y, en democracia, nación fuerte quiere decir Parlamento fuerte. El PP necesita al PSOE. En la calle hay ahora partidos que disculpan a ETA, justifican la violencia y ensalzan la época más sangrienta de la Historia de Europa, la de los totalitarismos. Más que nunca, el Partido Popular necesita un socialismo que reivindique las libertades constitucionales y ese principio –tan, tan socialista y tan abandonado– de solidaridad entre los españoles de distintos territorios. Pero el gran partido está extraordinariamente debilitado. Y los nuevos delfines parecen desesperados por emular el encanto populista de líderes universitarios inciertos. Por eso multiplican declaraciones a favor de la condición nacional de Cataluña, concesiones al debate republicano o anuncios de ruptura de los acuerdos Iglesia-Estado. El otro día escuché, dolorida y admirada, a Corcuera reivindicando la herencia de la transición, en especial esa virtud de alcanzar acuerdos posibles, mediante cesiones nada cómodas y en contra de utopías intransigentes. Pues bien, de esa racionalidad estaba sobrado Alfredo Pérez Rubalcaba, y lo ha demostrado al posponer su retirada hasta asegurar el consenso sobre la figura de Felipe VI. Por ese realismo, por su memoria de la transición y por su capacidad de negociación, echaremos de menos a Alfredo Pérez Rubalcaba.