Carmen Franco

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Hoy , a todos los españoles que no somos comunistas, estalinistas, separatistas y animalistas, nos llaman fachas o franquistas. Jamás lo fui. Mi lealtad estaba en Estoril. Yo era un «cabrón estorileño», que así nos calificaban las alturas del sistema. En 1978, fui injusto y vil con Carmen Franco. Y además, con conciencia de la injusticia y la vileza. La duquesa de Franco fue retenida en Barajas con anterioridad a embarcar en un vuelo a Ginebra. Llevaba unas monedas de oro para que un joyero suizo las engarzara. Y saltó el escándalo. Fue acusada de evasora de divisas y le cayeron todos los chuzos en punta. El caso no dio más de sí, porque carecía de desarrollo, pero mi pluma colaboró con el revanchista y cotilla guirigay.

Soy, desde muy joven, amigo de Carmen, su hija mayor, simpática, libre y guapa hasta la exageración. Y me las mantuve tiesas con Francis, hasta que realmente lo conocí. Francis, probablemente el que mejor, junto a su madre, conoció los pliegues del General Franco. «Cuando yo era una persona», frase que le soltó su abuelo, se convirtió en el título de un libro de «Memorias» que firmó Emilia Landaluce. Aquel niño mimado e impertinente se convirtió en un hombre inteligente, divertido y muy agudo en el análisis de la época de su esplendor.

Conocí a la duquesa de Franco, y lamento escribir – me pueden caer varios siglos de condena–, que me pareció una señora de los pies a la cabeza, simpática, impermeable a los chismes, inteligente, sintética y de una discreción apabullante. Su marido, el marqués de Villaverde, tenía otras cualidades de menor rango, pero la categoría humana estaba en ella. Villaverde fue conflictivo y ambicioso, y la duquesa de Franco se limitó a defender la figura y los aciertos de su padre, como tiene que hacer una buena hija. El franquismo es un invento de los antifranquistas, porque el franquismo murió con el Generalísimo. No dejó proyectos ni doctrinas. Pero desde la ruina absoluta de una nación que se había destrozado de un lado y del otro en la Guerra Civil, España fue creciendo hasta alcanzar el décimo lugar de la economía mundial. Le faltó generosidad y piedad con los que no fueron ni piadosos ni generosos en el poder republicano. Con unos impuestos ridículos, se culminaron impresionantes obras públicas. Hoy, en las sequías, bebemos y regamos nuestros campos gracias a los pantanos de los que tanto nos reímos. Y creó la Seguridad Social, que no ha sido vituperada ni perseguida por la Ley de la Memoria Histórica. Franco falleció en uno de sus hospitales públicos.

No resulta sencillo ser la única hija de una figura denostada y admirada, aunque en los últimos años el odio y la desinformación han vencido sobre los también desinformados defensores de su obra. Oír, leer, asumir toda suerte de improperios de un padre, tiene que ser devastador y agotador, además de irritante. La duquesa de Franco asumió con su buena educación el desagradable papel que le había correspondido, y dio permanente ejemplo de entereza y discreción. Se metieron con ella y ella no se metió con nadie. Y supo mantener unida y compacta a su familia, que tampoco ha resultado ser una familia fácil de llevar y dirigir.

Añado voluntariamente un siglo más a mi condena. Ha sido una gran señora y una firme española. En mis charlas con Don Juan De Borbón, con el Rey que no lo fue por decisión de Franco, jamás oí del viejo Rey en el exilio ni una crítica adversa de la mujer que se ha ido. Otro tratamiento le correspondió a su marido, que por respeto a la indefensión de la muerte me guardo. Un anfitrión despistado invitó a la misma cacería a Don Juan y al marqués de Villaverde. Así como Carmen Franco siempre trataba a Don Juan con respeto y admiración, Villaverde no compartió aquel camino. Al saludarse en aquella cacería las manos que se estrecharon eran de hielo. Villaverde, que de tonto no tenía un pelo, interpretó la escena, se disculpó con una urgencia que no existía y retornó a Madrid.

La duquesa de Franco ha sido una gran mujer, una gran hija y una madre grande. Nadie puede ser responsable de las acciones ajenas, y Carmen Franco, en la política, no tomó parte en el poder del franquismo. Ha muerto rodeada del cariño que entregó a sus hijos, y merece el respeto y la admiración que su buen pasar por la vida, siempre sometida a la discreción, cumplió a rajatabla.

He sentido su fallecimiento y envío a su familia el más emocionado abrazo.