Carreteras secundarias

Los tipógrafos siempre tuvieron un barniz cultural, leyendo y pasando a plomo textos librescos y periodísticos, y Pablo Iglesias fundó en una taberna junto a otros linotipistas el PSOE y la UGT. No era el abuelo bondadoso que ofrece la iconografía socialista y en su primera intervención como diputado en las Cortes de la monarquía Alfonsina amenazó de muerte al Primer Ministro Antonio Maura quien de inmediato sufrió un atentado fallido. El bloque socialista español (partido y sindicato como correa de trasmisión que aún funciona ) siempre ha tenido prisa y pese a su laicismo militante lleva en el genoma el convencimiento de que está llamado a gobernar España indefinidamente por designio divino, siendo los únicos con categoría moral para hacerlo. En 1980 Felipe González y Alfonso Guerra estaban muy nerviosos porque Adolfo Suárez sobrenadaba sus propias crisis internas y no entendían por qué no gobernaban ellos. Presentaron una imposible moción de censura que enrareció la atmósfera política, desgastó sin desplazarle a Suárez y permitió a González dársela de estadista. En vísperas del 23-F destacados socialistas sondearon al General Alfonso Armada sobre «un golpe blando» y un Gobierno de concentración. En la memoria la sangrienta rebelión de Asturias y Cataluña contra la legalidad republicana administrada por la derecha de Gil Robles, fue preludio de la Guerra Civil. En 2004, Zapatero tenía perdidas las elecciones pero el 11-M permitió a Rubalcaba guisar un cocido estomagante que volteó las urnas. Carreteras secundarias. Como hoy por votos el PSOE tiene muy lejana otra mayoría su estrategia de caminos vecinales consiste en enfangar a Mariano Rajoy hasta su dimisión, añadiendo crisis a la crisis. El PSOE vuelve por donde solía y no cambia de guión desde el siglo pasado. ¿Y por qué no dimite Rubalcaba, con más prontuario que Fu-Man-Chú, como le piden sus conmilitones y solamente sostenido por acólitos beneficiados? Que vuelva Felipe González, que le perdonamos desde Roldán hasta los GAL. Al menos Mariano Rajoy no es un matasiete: ni con Bárcenas.