Caudillos

En ocasiones, el lenguaje de las cuestiones referidas a la normativa y funcionamiento interno de los partidos políticos se ha sofisticado tanto que un lector cualquiera puede perderse en los vericuetos explicativos de la noticia.

Hemos conocido que, este verano, el Sr. Iglesias ha impuesto unos nuevos estatutos en su partido. Los ha aprobado a finales de julio en una reunión de la ejecutiva. Es decir, con media España de vacaciones y en el seno de una dirección que obedece mayoritariamente las consignas de su líder.

La rebelión no se ha hecho esperar y numerosas voces internas han criticado el movimiento llevado a cabo por la cúpula podemita. Auguro que los disconformes van a tener poco éxito en su denuncia, la causa de ello estriba en diversas razones.

En primer lugar, hay una regla de oro en política: el que tiene que explicar larga y concienzudamente una idea, suele perder el apoyo de la opinión pública. Es más sencillo que el receptor capte una idea expresada en pocas palabras, claras e inteligibles.

Cuando los distintos sectores y órganos de Podemos han iniciado tediosos argumentos basados en razones como que los estatutos sólo los puede aprobar un congreso, no la ejecutiva, que la nueva redacción facilita la creación de gestoras, que se ha modificado el régimen disciplinario o que se ha producido una recentralización de la organización, sinceramente, hay que leer al detalle sus argumentos y conocer las tripas de un partido político para comprobar lo perverso de los cambios.

En realidad, siempre que alguien reforma una situación, recibe críticas de los sectores más conservadores, en el sentido de mantener la situación previa. A nadie le sorprende que ante un cambio, otros se quejen y se le otorga escasa importancia.

Por otra parte, quizá lo más peligroso desde el punto de vista democrático es que se ha instalado en la opinión pública la idea de que en un partido político el líder está legitimado para tomar todas las decisiones internas que considere adecuadas y cuando alguien le cuestiona es un díscolo que sólo genera división y debe ser neutralizado si dicho partido quiere tener éxito.

Nada más lejos de la verdad, en una democracia las organizaciones políticas deben respetar las diversas posiciones en su seno. Nadie puede pensar que 100.000 o 200.000 personas deben pensar idénticamente por militar en un partido y reducir el pensamiento colectivo al de su líder hace que deje de tener sentido participar en política.

Lo que ha ocurrido en Podemos es muy grave, pero hay que explicarlo un poco mejor: se trata de un acto de caudillismo. Una vez conseguida la victoria interna hacen desaparecer los mecanismos que aseguran que el poder no reside en una sola persona.

Hoy, el Sr. Iglesias aglutina todo el poder en Podemos, puede expulsar a quien considere o disolver a la dirección regional que le importune o le cuestione. Un partido populista siempre termina escorándose hacia ese lado oscuro de entregarse sin cuestionamientos a las decisiones del súper líder. Viendo lo que hace con los suyos, no es difícil imaginar lo que podría hacer si llegase a ocupar una responsabilidad de gobierno.

Cuando un dirigente se empeña en cambiar las normas y adaptarlas a sus propios intereses personales, suele ser por dos motivos: que su concepto de organización política tenga claramente marcado un sesgo de populismo, o bien porque se sienta inseguro en su responsabilidad e intente como sea blindarse en su sillón.

Ejemplos de lo uno y de lo otro los tenemos en España, sus motivaciones son diferentes, conceptuales en un caso y coyunturales en otro, pero las consecuencias son siempre las mismas: pérdida de calidad democrática en los partidos de izquierda.