Coches y amor

Los hombres aman sus coches como a sus mujeres y las mujeres, en cambio, apenas los valoramos más que una lavadora –a los coches, no a los hombres. Hace mucho que los psiquiatras alumbraron esa parte del cerebro masculino que relaciona el automóvil con la virilidad. Los fabricantes del sector saben mucho de la relación entre sus productos y el sexo. Un amigo mío recuerda como el mejor momento de su vida aquel viaje en un descapotable impresionante, con una bella mujer al lado y, sobre todo, las miradas de envidia de un conductor de autobús que los vio. Así como la mujer hace de la casa un hogar, el hombre hace hogar en el coche. Tal vez por eso las chicas llevamos tantas veces los automóviles sucios, con una porquería que jamás admitiríamos en los suelos de nuestro piso, en los que –por supuesto– se puede comer. Y, desde luego, es por eso que los que siempre se acuerdan de poner una toalla bajo el trasero del niño con bañador mojado o de pedir que nos sacudamos los pies, son varones. Hago esta larga entrada porque no acabo de concebir que dos millones de vehículos circulen sin revisión por las carreteras. No es el precio de la ITV lo que explica el fenómeno –hablamos de entre 30 y 40 euros, según la comunidad– así que, restando morosos, avaros extremos y vagos (porque la ITV da siempre un perezón de muerte) tiene que haber otras razones para una conducta que, además de poner en riesgo la seguridad de todos, puede suponer la inmovilización del vehículo y una multa tremenda. Pensando, pensando, he reconocido en mi relación con el coche un paralelismo inquietante con mi reserva a visitar a los médicos. No voy, porque siempre te encuentran algo. Y exactamente lo mismo pensamos de la inspección de vehículos.