Colombia en la encrucijada

Tan absortos estamos en nuestros «asuntos internos», que muchas veces nos olvidamos de los problemas de nuestros hermanos. Colombia debe decidir este próximo domingo, si ratifica los resultados obtenidos en la primera vuelta de sus elecciones presidenciales por el candidato uribista Oscar Zuluaga (29,25 %, Centro Democrático; mano firme, corazón grande») o dar un voto de confianza al actual presidente Juan Manuel Santos (25,68%, Unidad Nacional) para dar continuidad a un proceso de paz iniciado en Oslo en octubre de 2012 y continuado en La Habana a partir de enero de 2013.

Las FARC se han convertido en el centro de la disputa política por la Presidencia de la República. Sólo recordar que Santos fue ministro de Defensa de Uribe en la época en que el Ejército colombiano recuperó la iniciativa en su lucha contra la «formación terrorista», considerada por algunos como «guerrilla política». En la difícil frontera entre ambos conceptos radica la disyuntiva colombiana: la de quienes entienden que con un grupo terrorista no hay más diálogo que el que podría seguir tras su disolución y desarme y el de quienes creen que hay espacios para la reconversión e integración. Son los que miran a su cercana Republica de El Salvador y ven a un antiguo líder del FMLN-Salvador Sanchez Cerén,(a) Leonel González- ocupando la presidencia de su país.

En una magnífica reflexión, Yezid Arteta (29 Septiembre 2013, «El grano y la paja») anotaba respecto a estos diferentes puntos de vista: «El Gobierno y sus defensores ven a las FARC como al embarazoso hijo psicópata de una familia burguesa al que hay que llevar al psiquiatra; niegan que la enfermedad sea de tipo genético; ven a la guerrilla como una anomalía que se puede tratar con medicación». Pero, «otros opuestos a esta interpretación, consideran que la guerrilla es el resultado de una sociedad enferma; piensan que el sistema la engendró y las FARC no son sino la síntesis de los problemas estructurales del país».

¿Dónde está el fiel de la balanza?

El mero hecho de haber aceptado negociar en La Habana –viví intensamente en el mismo marco otros esfuerzos con el ELN, el otro grupo guerrillero– y el reconocimiento al daño causado a las víctimas, pueden ser considerados como pasos importantes. En el fondo, las FARC, debilitadas por las deserciones, presionadas como nunca por un eficaz Ejército, no aparecen en su mejor momento y en el fondo reconocen que seguir extorsionando y matando en un país moderno, culto, vivo, alegre, con buenos índices de crecimiento es un error y no tiene futuro. En mi opinión, el Estado de Derecho ya ha triunfado en Colombia. Pero quedan los rescoldos de un fuego no apagado y que sigue marcando, como se ve, la política del país.

Desde la óptica del afecto que me une a muchas de sus gentes, desde el respeto a todos los colombianos que viven y trabajan entre nosotros, con la prudencia necesaria para no interferir en la política interna de un país hermano, sólo puedo pedirles que este domingo no se abstengan, que reflexionen y que voten, porque se juegan su futuro inmediato. En un gesto repetido, semejante a otros gestos que también aquí conocemos, las FARC han anunciado una tregua hasta el próximo 30 de junio. Es un error. Deberían decirle a sus conciudadanos que el abandono de las armas es definitivo, que ellos no deben ser el centro y objeto de unas elecciones, sino que deben serlo las políticas sociales, los equilibrios económicos, la justicia distributiva , el aumento del nivel cultural y de vida, la alegría vital de un pueblo libre y no sojuzgado por la extorsión y la emboscada.

Los dos candidatos han flexibilizado sus discursos. Uribe siempre presente, «sin ansias de poder, porque lo tiene». Aclarará Zuluaga: «el diálogo puede continuar, pero con condiciones»; «somos un Estado legítimo; esto no puede ser un diálogo entre iguales».

A Santos le arroparon un millón de colombianos en abril de 2013 que se manifestaron a favor del diálogo. En octubre del mismo año un 64% de los líderes empresariales se manifestaban contrarios a una ley de perdón y mas adelante un 80% de sus ciudadanos no querían ver a las FARC convertidas en partido político. Algo no se llevó bien en La Habana para este regresivo cambio de actitud.

Ante un cansancio general, ante la incierta ruta del otro movimiento guerrillero –el ELN– y el manifiesto rechazo al proceso de paz en propios frentes de las FARC, el «Acuerdo general para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera» de octubre 2012 puede peligrar a partir de este próximo 15 de junio.

Los que encienden conflictos, nunca pueden imaginar lo difícil que resulta apagarlos. Y quienes alimentan las llamas, difícilmente escapan del fuego provocado.

¡Suerte, querida Colombia!