«Copito de nieve»

Firmaba «brevetes» en la prensa, siempre agudos y oportunos, con el seudónimo de Secondat. Le llamábamos «Copito de nieve» por su deslumbrante pelo blanco. Era un hombre amable, de conversación amena, cargada de sabiduría. Estaba por encima de la patulea política. Venía de Andalucía, de su Granada amada, recaló en Cataluña, donde llegó a ser decano de la Facultad de Derecho y rector de la Universidad de Barcelona en los agitados tiempos del cambio de régimen y el despertar del nacionalismo. Él siempre estuvo serena y combativamente de parte de la democracia y de las libertades. Por eso sufrió en su día la incomprensión y la hostilidad de fanáticos y mercachifles. Nunca dejó de ser un buen patriota. Prestó buenos servicios a la Monarquía. A Manuel Jiménez de Parga, que acaba de morir a los ochenta y cinco años, le cabían el Estado y el Derecho en la cabeza. El presidente Suárez lo hizo ministro de Trabajo y luego embajador ante la OIT. No duró mucho en los cargos. Él era más de cátedra y despacho que de poltrona oficial. Y se encontraba a gusto en la sala de redacción del periódico.

Andado el tiempo, llegó a presidente del Tribunal Constitucional, donde tuvo que torear algunos miuras con buen estilo, sin que le rozaran las afiladas astas. Con los años fue moderando sus impulsos progresistas. Siempre fue consecuente. Nunca renunció, sino todo lo contrario, a sus profundas y bien cimentadas convicciones cristianas, sin beaterías ni exhibicionismo.

Ésa es la imagen que me queda de él, además de su amistad y cercanía. Hoy quiero dedicarle este «brevete». Su muerte casi ha coincidido milimétricamente con la de Adolfo Suárez, por el que sentía devoción. Sé que el aprecio era mutuo. Recuerdo ahora un largo viaje en coche con él y Fernando Castedo a Galicia en una campaña electoral como la que ahora empieza, en la que afloraron de lleno sus convicciones centristas –entre el liberalismo y la socialdemocracia–, siempre en busca del equilibrio y la sensatez. Algo que se echa en falta en el diálogo político de hoy, tan cargado de exabruptos e incomprensión. Poco a poco se muere físicamente la España de la Transición. Cada vez quedan menos testigos cualificados como Manolo Jiménez de Parga, «Copito de nieve». Él fue siempre un defensor convencido de la Constitución del 78, la Constitución de la concordia, como garantía de una convivencia democrática tras tantas convulsiones históricas. Nadie podía decir de este gran hombre que acaba de dejarnos que no amara a Cataluña casi tanto como a su Andalucía natal.

En cierta medida era un hombre-puente, ahora que los puentes aparecen rotos o dañados otra vez por la barbarie moral de unos y de otros. Sobre todo, por la insensatez de los separatistas. Ha muerto un hombre bueno y, como le dije un día a Paco Umbral en casa de Ramón Tamames, y le hizo pensar, al mundo lo salvan las buenas personas.